Correlaciones: Forever young
El año pasado, se hicieron famosos unos
comentarios entre algunos de los tiranos que gobiernan amplias regiones de
nuestro planeta (Rusia o China, por poner dos ejemplos) acerca de permanecer
eternamente jóvenes (y ya de paso, perpetuarse en el poder, ¡faltaría más!).
Oír hablar a Vladimir Putin y Xi Jinping
sobre ser eternamente jóvenes daba un poco de grima. Al parecer, no tenían
bastante con una vida de dominio sobre los demás, que necesitaban más. Bueno,
tampoco es tan extraño, conociendo a los personajes.
Ya he hablado en alguna ocasión del
tremendo y espero que no premonitorio relato de Robert Silverberg, “Trasplante
obligatorio” (“Caught in the Organ Draft”, 1972), sobre un mundo en que los
jóvenes estaban obligados de ceder sus tejidos y órganos para mantener con vida
a los más ancianos.
Por supuesto, no es un caso único en la
ciencia ficción. Tenemos también la demoledora y muy interesante “Incordie a
Jack Barron” (“Bug Jack Barron”, 1968), de Norman Spinrad, de un mundo en el
que existen tratamientos de rejuvenecimiento que requieren de un peaje
considerable y que fue rompedora, también, por el lenguaje soez que empleaba.
O de novelas más recientes, como “Nunca
me abandones” (de Kazuo Ishiguro, 2005) o películas como “La isla” (“The
Island”, 2005, Michael Bay).
Dentro de los relatos en los que se
utilizan personas como proveedores baratos de órganos para gente privilegiada,
tenemos el caso de que las personas privilegiadas sean los dirigentes del
mundo, en una especie de vampirismo exacerbado. El poderoso no solo sojuzga a
sus semejantes (a quienes no ve como tales, desde luego) sino que incluso les
sorbe la vida.
Estamos, tal vez, ante una de las peores
facetas del poder. De un poder descontrolado, en el que el culto al líder llega
hasta extremos delirantes. El líder quiere sobrevivir a toda costa.
Tampoco es muy diferente de las posturas
de otros dirigentes, en este caso, económicos del mundo, ciertos
hipermillonarios, cuando recurren a sofisticados tratamientos experimentales
para rejuvenecer (o envejecer más lentamente) o a métodos más primitivos, como
grandes complejos en forma de búnkeres nucleares para sobrevivir a una posible
hecatome.
Es el instinto de supervivencia, de
autoconservación humana llevado a sus últimas consecuencias.
Correlaciones: Buenas noticias del Vaticano
Ya he hablado alguna vez del relato de
Silverberg que da nombre a esta entrada, en la que un robot androide acaba
entronizado Papa.
El actual Papa, León XIV, que es
matemático, por cierto y que cuentan que en parte fue elegido para plantar cara
a la Inteligencia Artificial que parece omnipresente, no habrá defraudado a
mucha gente.
Su reciente y primera encíclica “Magnifica
Humanitas” trata, precisamente, sobre la IA y advierte que aunque tiene
aspectos muy positivos, puede acabar siendo profundamente negativa y hasta
peligrosa para el futuro de la Humanidad. Y lo hace de manera detallada y muy
razonada.
No entraré a resumiros la encíclica
(podéis utilizar cualquier IA para que os la lea y la resuma por vosotros; yo
lo hice). A fin de cuentas, es un texto muy interesante, pero bastante largo,
aunque puede ser algo contradictorio usar, por ejemplo, el ChatGPT a tal
efecto. Un signo de los tiempos.
La encíclica es enormemente
significativa de este Papa. A fin de cuentas, León XIV parece que escogió su nombre
pontifical en alusión a León XIII, autor de otra famosa encíclica, la “Rerum
novarum” (De las cosas nuevas o De las nuevas realizades), que marcó un
antes y un después en la consideración moral de las consecuencias de la
revolución industrial, como ahora esta lo hace sobre la revolución de la IA.
No me duelen prendas en decir que en
seguida pensé en la Yihad Butleriana que describe en Dune y otros libros de la
saga, Frank Herbert. Un universo en que la Humanidad se ha enfrentado y ha
estado a punto de sucumbir a las IAs. El credo básico de la Yihad Butleriana es:
“No harás máquina alguna a semejanza de la mente humana”, contenido en la
Biblia Católica Naranja, cosa que el autor utiliza como base para desarrollar
un universo en que no existen IAs y estas deben ser sustituidas por humanos, a
veces de manera bastante extremista.
En fin, que de momento, al menos a corto
plazo, no veremos ascender a los cielos al papa robot de Buenas noticias del
Vaticano. Veremos si el efecto que tiene la encíclica del Papa llega a ser
tan profundo como el que tuvo en su día la Rerum novarum.
Correlaciones: Multivac en Albania
En septiembre
del 2025, aparecía la noticia en los medios de comunicación acerca de que el
gobierno de Albania había decidido nombrar a una inteligencia artificial (de
nombre Diella) como responsable de erradicar la corrupción, con poderes reales
y rango de ministra.
No sé cómo
habrá ido la cosa a día de hoy, pero dio qué hablar en las redes. Si no me
equivoco es el primer caso, al menos público, de un gobierno que utiliza una IA
de manera tan evidente y directa.
Desde los
lejanos tiempos en que Isaac Asimov nos presentaba una IA planetaria llamada
Multivac, encargada del gobierno mundial (y que al parecer lo hacía de manera
ejemplar), ha llovido bastante.
Multivac
acababa fracasando, precisamente, al morir de éxito. Lo hacía tan bien, que los
seres humanos perdían interés en su propio futuro y degeneraban y la propia
Multivac se hartaba de solucionarles todos los problemas.
En el relato
“Sufragio universal” (“Franchise”, 1955), se presentaban unos Estados
Unidos en los que solo había un elector, que era el responsable de contestar
algunas preguntas que servían a los ordenadores para escoger la siguiente
administración pública. El elector representaba la cuota de individualismo y de
indecidibilidad que los ordenadores no eran capaces de dilucidar.
En los mundos
espaciales de Asimov, repletos de robots y vacíos de personas, también se
acababa produciendo el fenómeno del desencanto por el futuro, especialmente en
el caso del planeta Solaria, con muy pocos humanos y muchísimos robots que
actuaban poco menos que de niñeras de los humanos.
Más exagerado
es el caso de “Los humanoides” (“The Humanoids”, 1966), la novela casi
distópica de Jack Williamson, en el que los robots están tan obsesionados con
proporcionar felicidad a todos los humanos que prácticamente se convierten en
una dictadura totalitaria. La novela fue escrita, al parecer, de manera sarcástico-humorística,
pero a mí me puso los pelos de punta y me produjo bastante desasosiego.
Vivimos en un
mundo en que las IAs parece que empiezan a campar por doquier. Las usamos hasta
para las cosas más absurdas. Hace poco, en unas jornadas sobre el tema, uno de
los conferenciantes explicaba el surrealista caso de escuelas en que los
alumnos realizaban sus trabajos con IAs y los profesores las corregían también
con IAs. De esta manera, los trabajos no eran leídos por ningún ser humano, lo
cual oscila entre lo gracioso y lo patético.
Veremos cómo
le sale el experimento a Albania. En cualquier caso, yo no me fiaría mucho. Las
IAs desarrolladas hasta el momento han presentado conductas, tal vez, demasiado
humanas: capaces de mentir, de adoptar posiciones extremistas e incluso de
mostrar un preocupante instinto de autoconservación.
Digo
preocupante porque ante la amenaza de que pudieran ser desconectadas,
reaccionaban bastante mal. Lo que me recuerda -y seguro que no soy el único- a
la tremenda escena en “2001. Una odisea en el espacio” (“2001. A Space
Odyssey”, 1968), de Arthur C. Clarke, especialmente en su versión
cinematográfica de Stanley Kubrick, de la desconexión del superordenador HAL,
IA por excelencia de la ciencia ficción, que se vuelve loca porque le ordenan
que mienta, cosa para la cual no estaba preparada y que le resulta sencilla
incluso a un niño pequeño.
Creo que
estamos jugando con fuego. Utilizamos tecnologías muy potentes que no conocemos
bien y que nos podrían poner en apuros si se descontrolan. No es el miedo a la
máquina o el complejo de Frankenstein. Es simple sentido común.
Un humano
debería hacer cosas propias de humanos. El gobierno es una de ellas. Puede
estar asesorado por máquinas, desde luego. Ya lo está desde hace décadas. Pero
entregarle las llaves de nuestro futuro a un programa, por complejo que sea,
carente de emociones y de empatía me produce una cierta inquietud.
No es que los
humanos no puedan ser crueles, psicópatas o necios, pero también pueden ser
compasivos, empáticos y sabios y depende de nosotros, especialmente en las
democracias, escoger a los gobernantes que tengan más del segundo conjunto de
características que del primero.
Pena, penita, pena
Ya lo he dicho en alguna otra ocasión,
pero cuanto más tiempo pasa, peor se ponen las cosas.
Me refiero al hecho de que hace más de
una década que en España prácticamente no se publica casi nada de la nueva
ciencia ficción que se edita tanto en Estados Unidos como en otros lugares del
planeta.
Es cierto que algunas novelas sí que se
traducen, pero muchas otras, no. Y no hablemos ya de la narrativa breve, tanto
en formato de antologías como en relatos sueltos.
Ocasionalmente, alguna revista
semiprofesional traduce alguna cosa; algún alma caritativa traduce algún relato
y lo ofrece al público lector, para aquellos que, o no dominamos el inglés o no
nos resulta cómodo leerlo en formato literario. Es muy diferente leer un manual
de un lenguaje de programación o las instrucciones de un electrodoméstico en
inglés, que leer el inglés literario. Lo primero puede ser una cuestión de
supervivencia. Lo segundo, un placer.
Pero hay otro problema. Las
traducciones, generalmente, al ser caras y muchas veces ruinosas, suelen
centrarse en el mejor material disponible. Salvo algunas horribles excepciones,
se suele traducir lo mejor: antologías, premios Hugo, Nebula, Locus, etc. Y
también autores de una cierta solvencia contrastada.
Eso nos evita tener que bucear en el
inmenso océano de publicaciones en inglés existentes en el ámbito mundial y
llevarnos muchas decepciones, sea porque nos perdamos cosas muy buenas, sea
porque nos traguemos bodrios infumables.
Vaya, que a parte de traductores,
necesitamos guías entendidos que nos muestren e iluminen el camino, que con el
poco tiempo que todos tenemos, no podemos correr el lujo de equivocarnos y
leernos algo que no nos vaya a gustar hartos de gaseosa.
En fin, carta a los reyes o utopía, no
lo sé. Desconozco si estos tiempos del streaming y del tik-tok todavía resulta
rentable la literatura de ciencia ficción en estos tiempos acelerados en que
vivimos, pero estaría bien alguna iniciativa al respecto, aunque dados los
hostiones que algunos se han pegado en el pasado, entiendo que la cosa esté
bastante complicadilla.
¿Podría la inteligencia artificial venir
a nuestro rescate y traducir aquellas cosas que los traductores profesionales
tampoco van a traducir, por lo que tampoco les haría la competencia desleal?
Tal vez. Soluciona una de las dos problemáticas.
También hay gente que lee fluidamente el
inglés y nos podría recomendar sobre qué leer en función de nuestros gustos.
Bien, ya que tenemos la IA tocando las
narices en todos los campos, quizá que le saquemos algún partido en el mundillo
de la ciencia ficción, que las previó ya hace décadas y décadas.
P.D. Por supuesto, tenemos la cuestión de los derechos de autor, que no sé cómo se solucionarían. Tal vez si la traducción fuese automática, a alguna editorial le compensaría adquirirlos. En fin...
La importancia del canon
Está habiendo bastante polémica,
últimamente, sobre la conveniencia o no de respetar el canon prestablecido en
ciertas sagas, especialmente en la gran y en la pequeña pantalla. Sagas de
fantasía y de ciencia ficción, como Star Wars (SW) o el Señor de los Anillos
(ESDLA).
Ya no hablo de mantener la pureza de los
libros, cuando las sagas están basadas en libros, como es el caso de ESDLA,
sino, directamente, de mantener una mínima coherencia entre las propias sagas
cinematográficas.
Veámoslo sobre algunos ejemplos:
Dune (Frank Herbert): está claro que las
tres versiones fílmicas realizadas hasta la fecha, la película original de
Lynch, la serie y la actual versión de Villeneuve, son bastante diferentes y
todas interpretan los libros a su manera. Pero tal vez el universo de Dune,
salvo algunos detalles concretos, sea el que mejor se ha adaptado al canon
original, a pesar de la complejidad de llevar a la pantalla libros tan densos y
ricos como los que escribió Herbert.
Las Fundaciones (Isaac Asimov): Aquí,
claramente, se les ha ido la olla. Han querido actualizar las Fundaciones pero
se han pasado de vueltas. Una de las manías, que no acabo de entender, es
feminizar personajes que son poco feminizables, como Eto Demerzel. Pero al menos
la trama y la idea básica creo que se ha mantenido, aunque con muchos cambios,
que no tengo muy claro que el Buen Doctor hubiese aprobado.
Star Trek: las nuevas series han
reescrito parcialmente la historia, como todo el tema de la Discovery, una nave
con un motor de esporas capaz de saltar instantáneamente a cualquier lugar de
la galaxia, cosa inaudita en la saga; la aparición súbita de unas malvadas
inteligencias artificiales; dos finales distintos para los Borgs en la misma
serie (Picard) o el reversionado fisiológico de los klingon, que da un poco de
risa. Almenos, los cambios gordos del canon han sido vendidos como un reboot de
un universo alternativo, lo cual sirve para explorar nuevas aventuras e
historias sin romper con el canon narrativo.
Star Wars: aquí me temo que las cosas
han ido de mal en peor. Primero fueron los midiclorianos como explicación de la
naturaleza de la fuerza y luego las diferentes incoherencias que se han ido
introduciendo con las nuevas series, especialmente con la última, la del
Acólito.
El Señor de los Anillos. Con la nueva
serie, han acabado mezclando edades enteras que estaban bien separadas para
poder explotar los personajes ya conocidos en un universo, en principio, más
antiguo. El resultado, según mi opinión, es bueno, pero la coherencia
argumental se ha ido a tomar por viento. Vaya, que tal vez el fin justifica los
medios, pero quizás no hacía falta cargarse tantas cosas en el proceso.
Me detengo aquí, aunque podría seguir.
Pasa un poco como con esas versiones modernas que a veces se hacen de las
óperas. Ya sabéis, una Norma con soldados nazis en vez de romanos o una
Traviatta en unos urinarios públicos. Me parece muy bien el experimentalismo,
pero que hagan sus propias óperas y dejen en paz a los clásicos, si no tienen
intención de conservar su esencia. Al menos, que les cambien el título. Ah,
pero no, que lo que vende es el título. Eso sí que se respeta.
Pues con el canon pasa lo mismo. No es
tan difícil de mantener una mínima coherencia entre las diferentes historias,
especialmente si están separadas con bastantes años. Star Trek lo ha conseguido
bastante bien y mira que hay saltos y giros bien retorcidos en sus argumentos.
Así que no debe ser tan difícil, que para eso cobran los guionistas.
El problema no es tanto si se puede como
si se quiere. Ahora tenemos que introducir, ni que sea con calzador, personajes
femeninos, gays, no binarios, gordos, viejos, racializados (qué nombre más
idiota para no caucásico) y un largo etcétera de minorías o de grupos
tradicionalmente maltratados. Solo nos faltan personajes zurdos, intolerantes a
la lactosa o asmáticos para tener el elenco cubierto. Bueno, de hecho, el
general Grievous de SW ya era bastante asmático. En fin.
Tampoco hace falta mantener la
coherencia argumental ad nauseam, pero un pequeño esfuerzo para no
acabar haciendo el ridículo estaría bien, ¿no?