16 octubre 2007

Lengua y mente (y II)

Continuando con el tema de un post anterior, me gustaría analizar uno de los aspectos que más ha explotado la ciencia ficción entorno a los temas relacionados con la lingüística: el de la percepción.

Existen algunas tesis que podríamos englobar dentro de la escuela filosófica kantiana según las cuales la realidad es filtrada por los sentidos de manera apriorística. Aplicando este concepto al lenguaje, éste sería un filtro innato en los seres humanos y cada lengua determinaría una concreta manera de ver y percibir el mundo.

¿Es esto cierto? Hasta donde los estudios actuales llegan, sólo podemos afirmar que son más o menos ciertas las tesis de Chomsky, según las cuales existe en el cerebro tabula rasa una especie de lenguaje universal o, más específicamente, una capacidad innata de desarrollar el lenguaje, concretamente en el área de Broca.

Ahora bien, deducir de aquí que una lengua es capaz de condicionar una determinada percepción del mundo es tal vez ir demasiado lejos, ya que no existe ninguna evidencia claramente fundamentada que lo pruebe.

Un par de ejemplos que suelen aducirse para tratar de justificarlo son los colores, los numerales y los tiempos verbales. Algunas lenguas tienen una clasificación de los colores notablemente reducida, hasta el punto en que sólo distinguen entre colores cálidos y colores fríos, por llamarlos de alguna manera.

Incluso lenguas relativamente cercanas a la nuestra, tienen clasificaciones diferentes de los colores. Así, donde nosotros hablaríamos de azul, verde y gris, en gaélico irlandés sólo existen dos términos para designar estos colores. Por el contrario, existen lenguas con una riquexa cromática verdaderamente amplia.

¿Quiere decir esto que los hablentes de las lenguas que sólo tienen dos colores son incapaces de diferenciar el rojo del amarillo? Es evidente que no. Por mucha limitación que sugieran sus lenguas, los sentidos no se ven afectados. Es más: si tienen necesidad de aludir a esta diferenciación, seguro que disponen de comparativos suficientes para suplir la inexistencia de términos específicos.

Otro ejemplo son los numerales. Algunas lenguas cuentan así: uno, dos y muchos. ¿Quiere decir esto que no son capaces de distinguir cantidades mayores que dos? Nuevamente, no. Simplemente, para decir tres, dirán dos y uno; para decir cuatro, dirán dos y dos y así sucesivamente. Puede parecer algo farragoso, pero si dichas lenguas no han desarrollado numerales mayores es porque en su experiencia vital diaria no son realmente necesarios.

Por último, los tiempos verbales. Algunas lenguas no disponen de maneras propias de expresar un tiempo futuro, como el massai. Algunas, como el chino, ni si quiera son capaces de expresar directamente tiempo alguno. Es como si los verbos estuviesen siempre en infinitivo o no tuviesen flexión alguna.

¿Significa esto que el massai o el chino no pueden hablar del futuro y que la percepción del tiempo en estas lenguas es radicalmente distinta de la nuestra? ¡Ni mucho menos! Todas las lenguas tienen recursos para expresar pasados y futuros y hasta matices mucho más sutiles como la perfectividad de una acción, la persona o el número y hasta el modo.

Lo que sucede es que no todas lo hacen de la misma manera. Los chinos lo deducen por el contexto, mientras que otras lenguas como –ni más ni menos- el inglés, recurren al uso de verbos auxiliares (will, shall). Incluso el sofisticado latín, recurrió a varios trucos para poder expresar el tiempo futuro, que es una incorporación tardía a la morfología latina.

Así pues, ya sea porque todas las lenguas derivan de una lengua única o porque todas las lenguas están realmente condicionadas por una especie de gramática universal pregrabada en nuestro cerebro (o por ambas a la vez), es posible decir casi cualquier cosa en cualquier lengua y, además, aunque es cierto que la lengua es un registro fósil y el alma de una determinada cultura, no impone una determinada visión del mundo.

Ello no quiere decir que la idiosincrasia que posee una lengua no influya en absoluto en la manera de percibir el mundo. Es evidente que si uno sólo tiene martillos, todos los problemas le parecerán clavos. Es decir, claro que influye en la percepción un idioma, pero no lo determina ni lo condiciona.

Así, las tesis radicales expuestas en libros como Babel 17 o Los lenguajes de Pao, aunque son muy interesantes y dignas de gran reflexión, no deberían interpretarse de manera literal, ya que la realidad es tozuda.

Lo que me lleva a plantearme una cuestión más en la órbita de la filosofía de escritores-pensadores como Stanislaw Lem: ¿cómo sería una lengua alienígena? ¿Sería comprensible? Muy probablemente, no, a menos que los cerebros de los alienígenas fuesen tremendamente similares a los nuestros.

De hecho, no hace falta ir tan lejos. Tenemos auténticos cerebros alienígenas en nuestro planeta. Me refiero a los de los cetáceos. ¿Alguien ha sido capaz de entender qué cantan las ballenas o qué nos dicen los delfines? Me temo que no. Y si somos incapaces de comprender a nuestros parientes cercanos, mucho más difícil iba a ser entender a seres verdaderamente diferentes de nosotros. En este sentido, soy pesimista.

Para solucionar este problema, algunos han propuesto una especie de lenguaje universal basado en las matemáticas: el Licos. Pero mucho me temo que si alguna vez nos encontramos con aliens de verdad, la comunicación no va a ser tan sencilla. Por muchas secuencias de números primos que nos cantemos mutuamente, creo que se van a quedar patidifusos si les hablamos de colores, sentimientos o incluso conceptos tan aparentemente universales como la causalidad.

1 Comments:

At 4:50 p. m., Blogger Knut said...

No estoy muy seguro de cuál es realmente la cuestión que deseas tratar. Leyéndote me parece que tratas de refutar la tésis de que el lenguaje determina o no cierta visión del mundo, a partir de si determina o no la experiencia.

Tomado de una manera digamos que natural, evidentemente el que yo llame rojo a lo que tu amarillo no influye en la realidad del color percibido.

Lo que ocurre es que no creo que el grado de condicionamiento del que hablan algunos defensores del condicionamiento, jejeje, sea tan grande como para determinarlo de manera absoluta.

Si reducimos la percepción a percepciones "simples" como un color un olor y cosas así parece fácil el poder refutar tal tésis, pero es muy dificil, o al menos así lo creo yo, el hacerlo cuando se trata de conceptos más complejos.

Una idea poderosa si determina la percepción de un modo global, porque seamos o no kantianos es obvio que según qué conceptos tengamos "veremos" unas u otras cosas. El que esto se reduzca a algo meramente cultural no afecta para nada el peso efectivo en la realidad. No es lo mismo mirar este árbol que el "árbol que plantó mi padre", la realidad percibida en ambos casos es diferente a pesar de que es la misma.

El que formalmente haya una disposición al lenguaje y que este esté reglada en algún sentido siempre me ha parecido algo de perogrullo, igualmente el hecho de que el lenguaje condiciona la percepción de la realidad me parece obvio incluso al nivel de teorias científicas.

Cuando estas se elaboran van "predirigidas" en unos sentidos u otros, de tal modo que ya de por si el fenómeno estudiado es "podado" desde un modelo de rasgos que a priori consideramos no importantes o simplemente no vemos.

El lenguaje, todo el posible, es un modo de converitr el mundo en un modelo apresable y por ello mismo es un condicionante de la percepción que tengamos de la realidad. No me parece tan fácil reducir esta a aprehensiones sensibles sencillas, porque eso mismo me parece ya de por si aplicar un modelo apriorístico sobre el fenómeno descrito.

Saludos!!!!

PD: Muy interesante el blog, felicidades XD

 

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