01 febrero 2006

La gallina de los huevos de oro

Ya he hablado con anterioridad del fenómeno comercial de las sagas. Querría centrarme ahora en un subconjunto específico: el de las enelogías (n-logías), es decir, esas series más o menos extensas, aunque no necesariamente inacabables explotadas generalmente por un autor ante un éxito.

Tal vez la más comentada de todas ellas sea la serie de las Fundaciones de Isaac Asimov. Inicialmente se componía de tres libros, a saber los clásicos: Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación formados por relatos y novelas cortas, previamente publicados en revistas del género y que posteriormente se convirtieron en libros por el procedimiento del fix-up, reuniendo las piezas y añadiendo material adicional a fin de rellenar los posibles huecos.

Durante décadas fueron un referente en la ciencia ficción, no tanto a nivel literario como ideológico: un imperio decadente que da paso a una organización brillante que lo sucede, mutantes con poderes excepcionales, la psicohistoria, etc. Pero durante mucho tiempo, la cosa no prosperó. Hasta que en los años 80, la editorial que publicaba prácticamente todo el material de Asimov, Doubleday, presionó a éste para que escribiese una continuación que acabó convirtiéndose en Los límites de la Fundación, mucho más moderna y actualizada y con nuevas ideas (la intuición como guía en la toma de decisiones o la conciencia colectiva que es Gaia).

A partir de este momento, se destapa la caja de los truenos. Le seguirá otra novela Fundación y Tierra y un par de precuelas Preludio a la Fundación y Hacia la Fundación, en las que se explica la juventud de Hari Seldon y los orígenes de la Psicohistoria y de los Oradores, así como acaban de atarse los cabos sueltos resultantes de la unión del universo fundacional con el universo de los robots (que por si sólos ya constituyen otra enealogía).

La cosa no se acabó con la muerte del Buen Doctor, sino que siguió tras ella, en especial debido a la voracidad económica que están demostrando los depositarios de sus derechos. De ahí ha surgido una nueva trilogía escrita por Gregory Benford, Greg Bear y David Brin, con algunos elementos interesantes, pero en general muy alejada del espíritu asimoviano y de calidad más que discutible.

Otro tanto podríamos decir de las novelas de robots, que han dado un par de sagas adicionales (Robots en el tiempo y Robot City, esta última de calidad bastante dudosa) escritas por otros autores. Lo que se conoce como universo compartido, o más claramente, un sacadineros.

Se habla mucho de Asimov en este sentido, pero la verdad es que no es un caso único ni mucho menos. Los grandes autores de ciencia ficción, me refiero a los que han triunfado económicamente en el mundillo, han seguido la mayoría de ellos la misma tendencia.

Así, Arthur C. Clarke, no dudará en permitir que Paul Preuss convierta algunos de sus relatos más conocidos en una serie de novelas tituladas genéricamente Venus Prime (6 libros), que si bien tienen elementos remarcables, pierden mucho al estar constreñidas a los relatos originales de Clarke y suenan mucho a ya visto. Otro tanto ha sucedido con la serie de Rama (3 novelas, más la original) que ha escrito Gentry Lee.

Otro de los fenómenos que están explotando la gallina de los huevos de oro es el de Dune, que ya fue desarrollado por Frank Herbert en vida, con una serie de 6 novelas: Dune, El mesías de Dune, Hijos de Dune, Dios-emperador de Dune, Herejes de Dune y Casa capitular: Dune, de las cuales la mayoría de los expertos sólo salvan la primera o, a mucho estirar, también la tercera. Ahora, su hijo Brian Herbert y el escritor Kevin J. Anderson han decidido seguir con el filón y escribir toda una serie de precuelas. No contentos, ya han anunciado su intención de desplumar más el ave con continuaciones de la serie de Dune. No coment.

Algo parecido ha sucedido con Pórtico, la conocida novela de Frederik Pohl, de la que existen tres secuelas más y que le han hecho perder todo el encanto que generó el primer libro con la cuestión abierta de quiénes eran los Heechees y qué querían. Por si fuese poco, añadió un libro adicional de relleno, con relatos ambientados en el universo Heechee que no aportan nada nuevo al conjunto.

Lo del material de relleno se ha puesto de moda. Algo parecido sucede con la trilogía de Marte: Marte rojo,Marte verde y Marte azul, de Kim Stanley Robinson, a la que ha añadido un libro con materiales adicionales, como si de un DVD con contenidos extra se tratase.

Podríamos citar más casos: el mundo-río de Philip José Farmer, algunas series de Jack Vance o de Julian May, la estiradísima serie de Ender de Orson Scott Card o el universo de los sofontes desarrollado por David Brin.

Por fortuna, no todos los autores siguieron esta tendencia. Uno de los grandes de la literatura fantástica, J. R. R. Tolkien, tardó toda una vida en escribir El Señor de los Anillos y no sin continuas y extensas revisiones. A ello, añadió una novela introductoria, El Hobbit y dejó inconcluso El Silmarillion. De haber tenido mayor rapacidad comercial, en cuanto ESDLA triunfó, podría haberse puesto a sacar libros sobre elfos, orcos y enanos como churros. Afortunadamente no todos opinan igual y prefieren anteponer calidad a cantidad o, simplemente, saben cuando han acabado de contar todo lo que tenían que decir.

Cabe diferenciar entre un autor que necesita varios libros para desarrollar un proyecto más o menos extenso, tal como está sucediendo con el mega-culebrón de La canción de hielo y fuego de aquél cuya visión es la de explotar un filón a partir de un éxito, generalmente inesperado.

Pero la literatura es también un fenómeno comercial y no sólo un arte, como en teoría debería ser, así que estos fenómenos, lejos de constituir hechos puntuales, se generalizarán todavía más en el futuro.

2 Comments:

At 4:58 p. m., Blogger Nacho said...

Aunque no es lo mismo, me estoy acordando del caso de Paul Smith, un buen dibujante de tebeos estadounidense que tuvo su gran momento de gloria cuando hizo La Patrulla-X a mediados de los años 80.

La historia fue, más o menos, como sigue. Tiempo después de haber terminado su periplo en la colección, le ofrecieron dibujar un cruce entre La Patrulla-X y Alpha Flight. No le apetecía ni por asomo (fue lo que dijo). Sin embargo, a los pocos días vio en una tienda de motos una BMW de la que se enamoró. Costaba, exactamente, lo mismo que le ofrecían por dibujar aquella historia. ¿Resultado? Hizo el cómic y se compró la moto.

Ya podían haber tenido (o tener) la misma sinceridad todos los que han obrado igual en el mundo de la literatura

 
At 5:18 p. m., Blogger Nacho said...

Por cierto, para evitar confusiones, no me refiero al hecho de escribir para vivir. Algo diferente a resucitar una historia que estaba terminada o alargar innecesariamente una narración para ganar más dinero.

 

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