Los personajes femeninos en la obra de ficción de Asimov
Se ha dicho muchas veces -y con bastante acierto- que los personajes de la obra de ficción de Isaac Asimov son bastante acartonados. De hecho, son la mera excusa para explicar una historia o para desarrollar una trama.
Sin embargo, no todos los personajes asimovianos son igual de interesantes. Se observa, por ejemplo, una notable evolución en los roles femeninos desde las primeras novelas hasta las últimas, en las que la mujer va ganando prestigio e influencia en la trama.
Así, la mujer suele ser un simple acompañamiento del héroe, como en
Guijarro en el cielo o en la
Trilogía de las Fundaciones, aunque en la
Trilogía ya pueden verse dos personajes femeninos de un cierto calado: Arcadia Darell y Bayta Darell. Pero a pesar de su importancia en la acción, no dejan de ser secundarios.
El personaje que marca la inflexión es claramente Gladia Delmarre, posteriormente Gladia Solaria. Es curioso, porque en las dos primeras novelas de la serie de los Mundos Espaciales,
El sol desnudo y
Bóvedas de acero, la acompañante femenina del protagonista es la mujer de Elijah Baley, Jezabel (o Jessica), que tiene ya un cierto relieve.
Pero será Gladia Delmarre quien demostrará por vez primera en la obra asimoviana que el centro lo puede ocupar una mujer quien, además, ejerce la continuidad entre las primeras novelas del ciclo Aurorano y la última:
Robots e Imperio.
Gladia luchará primero contra su propia sociedad restrictiva y xenófoba y acabará teniendo un romance con un descendiente de Elijah Baley, a pesar de los recelos de la sociedad de colonos de origen terrestre por ser ella una espaciana: es decir, concebida por partenogénesis y, por lo tanto, dotada de una longevidad excepcional.
En
Los límites de la Fundación vemos por fin una mujer ocupando el poder: la alcaldesa Harla Branno, con bastantes malas pulgas, por cierto, y su contrapartida intrigante de la Segunda Fundación, la oradora Delora Delarmi. Pero no contento con ello, a fin de cuentas son personajes secundarios, Asimov introduce dos roles femeninos más: Bliss y Sura Novi, de gran trascendencia en la trama.
En las posteriores precuelas fundacionales, Asimov introduce otro personaje femenino fuerte: la mujer de Hari Seldon, Dors Venabili -la mujer tigre- que parece ser un alter ego de su esposa en la vida real, Janet Jeppson, o la hija de Seldon -Wanda- quien parece tener también puntos en común con su hija Robin.
En cualquier caso, Asimov parece ver casi siempre a las mujeres dotadas con una cierta personalidad y no como simples reposos del guerrero. No podemos olvidar un personaje femenino tan temprano como Susan Calvin, la roboticista jefa de US Robots and Mechanical Men, quien, no obstante, sólo es capaz de parecer femenina ante un niño-robot, en una escena verdaderamente enternecedora de "Lenny" (en
El robot completo).
Deus ex machina
La expresión latina "deus ex machina" se suele utilizar en relación a la resolución de un argumento cuando se utiliza un artificio demasiado forzado o increíble para solventar la trama. Proviene del teatro greco-romano, cuando una grúa (una máquina) introducía en el escenario a un Dios que se encargaba de solucionar la situación.
Ahora centrémonos en una película o serie de ciencia ficción, o en una novela o serie de novelas, que para el caso va a ser lo mismo. ¿Cuáles son los "deus ex machina" habituales a la hora de prolongar
ad infinitum la gallina de los huevos de oro, -perdón, quiero decir- la saga o serie?
Opción 1: Nos sacamos de la manga una precuela, lo que nos permite renovar el reparto, generalmente conservando decorados, vestuarios y demás escenografía y le damos al lector la posibilidad de conocer los orígenes de sus personajes favoritos. Hemos visto esta táctica en
Star Wars,
Star Trek, la serie de
Las Fundaciones, el universo de
Dune y próximamente en
BattleStar: Galactica.
Pero no perdamos de vista que esto de escribir una precuela viene de lejos. A riesgo de ser tachado de hereje, diré que todos los textos relativos a la infancia de Jesucristo tienen este origen: la necesidad del público de saber más de su personaje favorito y apenas se citan en los Evangelios canónicos.
Opción 2: Reescribimos la historia pero contada desde otro punto de vista, cosa que podríamos llamar "paracuela", por lo de "secuela paralela" o más genéricamente, "spin-off". Los casos más flagrantes en la ciencia ficción han sido la
Segunda Trilogía de las Fundaciones, a cargo de los
3B'Killers (Benford, Bear y Brin), que nos narran las aventuras de Hari Seldon y sus amigos o bien la inacabable serie de
Ender, de Orson Scott Card, con novelas como
La sombra de Ender,
La sombra del gigante, etc.
En televisión, tenemos algunas de las series de las franquicias de
Star Trek, como
Star Trek: La Nueva Generación,
Star Trek: Espacio Profundo 9 y
Star Trek: Voyager, o
Torchwood, "spin-off" y anagrama de
Doctor Who.
Opción 3: Resurrecciones milagrosas, que es cuando los guionistas se cargan un personaje pero la insistencia del público es tal que hay que recuperarlo sea como sea. Entonces o se lo resucita directamente o bien se lo hace pasar por su hermano gemelo o se recurre a un universo paralelo. Lo que haga falta. Tal es el caso de las historias de
Sherlock Holmes en que Conan Doyle, harto de su personaje decide matarlo, pero a insistencia del público, no le queda más remedio que resucitarlo.
En televisión, tenemos el caso del personaje de
Star Trek: La Nueva Generación, Tasha Yar, que es revivido en forma de hija romulana mala malísima, Before (B4), alter ego del comandante Data o el mismísimo James T. Kirk, devuelto a la vida gracias al Nexus en
Star Trek: Generaciones.
Aunque tal vez el caso más conocido de la ciencia ficción cinematográfica sea el de
Star Wars, en el que tanto Yoda como Obi-Wan Kenobi aparecen después de muertos como espectros luminosos y campan a sus anchas por la pantalla dando consejos y desfaciendo entuertos.
Opción 4: El bucle temporal, en el que un personaje del pasado aparece en el futuro o viceversa y que es uno de los trucos más manidos de la ciencia ficción. Recientemente podemos ver un caso de estos en
Star Trek XI, con un Spock del futuro conviviendo con un Spock recién salido de la Academia de la Flora Estelar.
Opción 5: El Universo paralelo, en el que nos sacamos una realidad alternativa de la manga en la que los acontecimientos no han sucedido igual que en nuestra línea de la historia. Así, podemos recuperar a la esposa original del Comandante Sisko en
Star Trek: Espacio Profundo 9.
O podemos leer atónitos cómo el conocido cirujano ruso Ysak Asimov es un doctor multidisciplinar que igual te opera de almorranas como realiza un delicado transplante de corazón, en
La llegada de los gatos cuánticos, de Frederik Pohl.
Opción 6: El simulador holográfico, que es una sala que permite recrear cualquier ambiente y personaje de manera holográfica. Así, en
Star Trek: La Nueva Generación, Stephen Hawkings (el de verdad) puede tener una partidita de póker con el comandante Data, Albert Einstein y Sir Isaac Newton.
Opción 7: En realidad no estaba muerto, sólo me escondía, situación que podemos ver también en
Star Trek: La Nueva Generación (serie prolífica en Deus ex machina) con el personaje del doctor Soong, el padre de los androides Data y Lore.
Opción 8: Que entren los clones, que es cuando uno de los personajes es clonado y se lo vuelve súbitamente unas cuantas décadas más joven. Es el argumento de
Star Trek: Némesis, cuando el Capitán Jean-Luc Picard debe enfrentarse a un alter ego más joven, educado por los remanos, tras vivir una vida de perros en las minas de dilitio romulanas.
Opción 9: Fallo del transportador, que permite en unas condiciones excepcionales duplicar una persona en dos seres idénticos, como le sucede en uno de los episodios de
Star Trek: La Nueva Generación al comandante Rikard, cuyo alter ego acaba interviniendo posteriormente en
Star Trek: Espacio Profundo 9.
En fin, podría seguir pero tampoco quiero aburrir. La cantidad de giros argumentales ideados por los guionistas nunca dejará de sorprenderme.
La conspiración alejandrina / Terry Bisson
En
La conspiración alejandrina, de Terry Bisson encontramos un extraño mundo futuro, muy similar al actual pero también muy diferente. El autor recurre a la técnica de mostrarnos hechos extravagantes, casi surrealistas, para producir la extrañeza que a un visitante del pasado le producirían ciertas cosas.
El autor combina ideas futuristas más o menos factibles con otras prácticamente pertenecientes al reino de la fantasía. Entre las primeras, rastreadores programados con peculiares rutinas de autoaprendizaje, coches eléctricos supuestamente alimentados por ondas (o por algo parecido) o fármacos que alargan la vida a costa de ralentizar el metabolismo.
Algunos fenómenos existen ya hoy día y han sido exagerados hasta el extremo. Por ejemplo, los excavadores de montañas de basura, que buscan vetas de materiales aprovechables. O unos servicios de atención al público completamente automatizados y tan saturados (o más) que los de hoy día.
Tal vez el más espeluznante es el tema central de la novela: la saturación de productos culturales. Nuestra generación postindustrial ha producido una cantidad ingente de obras de arte, de mayor o menor calidad, pero en cualquier caso, en grandes volúmenes. Hemos heredado la literatura, la pintura o la música de siglos anteriores, pero el siglo XX ha producido más de todo ello que todo lo que existía hasta entonces. Y el siglo XXI no parece discurrir por derroteros diferentes.
Hasta las bibliotecas deben podar periódicamente sus contenidos, ya que su espacio es limitado y cada vez se editan más libros. Eso sin poder eliminar una serie de obras clásicas consideradas "inmortales" o "imprescindibles". Otro tanto sucedería con las pinacotecas o los bancos de discos y con las filmotecas.
En la
conspiración alejandrina, este "expolio" ha sido sistematizado y es llevado a cabo por el propio gobierno. La única manera de dejar espacio vital a las nuevas producciones artísticas es ir eliminando buena parte de las anteriores, con todo lo que ello conlleva de pérdida y de trauma.
En cualquier caso, el problema no es tanto el conocimiento, que puede digitalizarse y almacenarse en cantidades ingentes gracias a la superminiaturización de componentes electrónicos y de memorias alcanzado en la actualidad y sobre el que todavía no se ha escrito la última palabra, sino el almacenamiento de los originales.
El arte, hasta hoy día, requiere la preservación de los originales. Un Picasso y su copia pueden ser idénticas hasta el último detalle, pero mientras que una valdrá una fortuna, la otra no dejará de ser una reproducción. Tal vez preservar el arte de las generaciones futuras requiera abandonar los soportes analógicos definitivamente o bien descartar la idea del valor incalculable del original.
Historias imposibles / Zoran Zivkovic
Historias imposibles, del escritor Zoran Zivkovic, es una colección de relatos fantásticos muy sui generis. Porque, para empezar, ¿cómo catalogar estos relatos? Algunos son claramente ciencia ficción, otros parecen más bien fantasía y algunos son casi realismo mágico, pero en el fondo no son fácilmente clasificables.
Cada relato es, de facto, una especie de
fix-up de relatos breves relacionados vagamente en el relato final (en algún caso, en el inicial), de manera más o menos consistente.
Uno de los elementos característicos de Zivkovic es el frecuente empleo de la autoreferencialidad, ya que el propio autor y el relato aparecen como sujetos activos de la narración, con mayor o menor acierto, es decir, a veces un tanto gratuitamente.
Pero tal vez lo más interesante y fresco de esta colección de relatos es cómo una idea fantástica, a veces ciertamente descabellada, se introduce en la anodina normalidad con aparente sencillez. Ése es, posiblemente, el rasgo diferencial de la prosa de Zivkovic.
En cuanto a los temas, son frecuentes los viajes en el tiempo, la aparición de personajes sobrenaturales (Dios, el Diablo), algún que otro alien despistado, autistas geniales o bibliotecas imposibles, con un cierto toque borgesiano.
En definitiva, nada totalmente rompedor, pero sí bastante diferente de la ciencia ficción anglosajona al uso. Espero poder leer más cosas de Zivkovic en el futuro y recomiendo este libro a los amantes del género.
Señales del futuro
También este fin de semana he ido a ver la película
Señales del futuro que, en general, me ha gustado bastante, a pesar de algunos detallitos poco convincentes.
El argumento consiste en que cincuenta años en el pasado, en la inaguración de una escuela, se entierra una cápsula del tiempo con dibujos realizados por los niños de la época. Una misteriosa niña, en vez del clásico dibujo futurista, deja en la cápsula una hoja repleta de números que caerán, aparentemente por casualidad, en las manos de un profesor de astrofísica del futuro.
Los números contienen información de tragedias sucedidas a lo largo de los cincuenta años, incluyendo algunas que todavía no han pasado. El profesor, arriesgando su propia vida, tratará de detenerlas. Hay que reconocer que las escenas de las catástrofes son verdaderamente impactantes y que ponen los pelos de punta.
A la trama, se añaden unos visitantes misteriosos que parecen tener la clave de lo que va a suceder en el futuro y cuyas intenciones se ven bastante claras ya antes de la conclusión de la película.
En general la película es interesante, no aburre en absoluto y tiene unos efectos especiales bastante logrados. No obstante, tanto el debate sobre el libre albedrío como la conclusión -demasiado clasicona para mi gusto-, con múltiples referencias religiosas, enturbia un poco la trama en general.
No obstante algunos pequeños detalles, la película es muy espectacular y no deja indiferente, siendo una gran historia de ciencia ficción, con todos los elementos clásicos de ésta, aunque no los desvelaré aquí para no estropear el final.
Sólo un último detalle de una cierta mala leche: los conejos que se llevan al final los niños, ¿son un simple regalo o futura comida?
Refundando Star Trek
El sábado pasado fui a ver la nueva película de
Star Trek, titulada simplemente así:
Star Trek, siendo ésta la undécima de la saga y la primera con aires de refundación del universo de la Federación.
La verdad es que la película en sí me gustó bastante. Muchos guiños a los
trekkies de toda la vida, buenos efectos especiales, un malo muy malo y unos jóvenes héroes que no respetan demasiado ni normas ni convencionalismos. Vaya, en la línea de siempre, aunque tal vez con algunos detallitos que le insuflan más interés a la nueva saga.
Uno de ellos es el cambio de la línea temporal. Al parecer los responsables del universo
trekkie han decidido que el lastre de continuidad que pesaba sobre la serie era excesivo y han decidido aplicar aquello del borrón y cuenta nueva. Lo que suceda a partir de ahora, será otra línea temporal, cosa que siempre les permite recuperar la antigua si las cosas no van bien, o desarrollar nuevas ideas.
El hecho de que el director de la película no sea el clásico director ligado a la franquicia, pero tenga experiencia en series de éxito (
Perdidos) también ha servido para aportar aires nuevos a una saga que había entrado tal vez en una cierta decadencia.
Por lo que respecta a los actores, el reparto me parece muy interesante y creo que podremos ver cosas nuevas, como la insinuada relación entr Uhura y Spock, quien es mucho más humano que en la serie original, o una relación más tensa entre Kirk y Spock.
En fin, dos horas plagadas de efectos especiales, guiños a los clásicos, toquecillos de humor y una cierta intriga por saber cómo se van a desarrollar las cosas. En el balance negativo, tal vez le falta un poco de garra a la hora de mostrar los sucesos más trágicos y algunas escenas son tan absolutamente increíbles que cuesta no mostrar una cierta sonrisa benevolente.
Jugando con el tiempo
Me estoy leyendo la colección de relatos
Historias imposibles de Zoran Zivkovic y me está resultando muy amena. Concretamente, me ha llamado la atención el primer conjunto de relatos, "Los regalos del tiempo" ("Vremenski darovi", 1997). Se trata de un conjunto de relatos enlazados por una temática y un personaje común, relacionados con el tiempo.
¡Ah, el tiempo! ¡Han corrido tantos ríos de tinta a lo largo de la historia sobre esta cuestión! Y la ciencia ficción ha hecho de la cuestión temporal uno de sus tótems más emblemáticos.
Zivkovic nos presenta un extraño personaje capaz de manipular el tiempo, virtud que utiliza -en principio- para ayudar a las personas, pero que vistos los resultados, acaba llegando a la conclusión que, con determinadas cosas, mejor no jugar.
Así pues, nos plantea diversas situaciones, como la futilidad de la muerte por una idea, la problemática de conocer el momento exacto de tu muerte, el saber si aquello por lo que has estado sacrificando tu vida merecía o no la pena y sobre lo terrible que puede ser no poder influir en la historia o, justo lo contrario, la inutilidad de cambiar un hecho trágico después de haber sufrido durante mucho tiempo las consecuencias de dicho trauma.
Las escenas, más que relatos, contenidos en "Los regalos del tiempo" nos muestran una regalo envenenado, una manzana de la discordia, el clásico "vigila con lo que deseas porque podría hacerse realidad".
Contiene una serie de reflexiones sobre la mortalidad y sobre cómo el paso del tiempo afecta a nuestras vidas y sobre lo absurdo que puede resultar querer cambiar las cosas.
Ello me recuerda inevitablemente a un maravilloso capítulo de
Star Trek: La Nueva Generación, titulado "El tapiz" en que se especula acerca de esta situación: ¿qué hubiera pasado si en mi juventud hubiese sido más reflexivo y no hubiese cometido ciertos errores fatales?
La conclusión está en la misma línea que "Los regalos del tiempo": somos lo que somos gracias a las decisiones tomadas en el pasado. Somos hijos del tiempo y de nuestro pasado y querer cambiar eso, es como alterar nuestra propia esencia.
Un buen escritor nunca muere
Se está volviendo un fenómeno cada vez más habitual en el mundo literario esto de dejar obras póstumas inacabadas que alguna inteligente editorial se encargará de concluir, ya sea mediante un "negro", ya sea mediante algún otro escritor del mundillo.
Ya vimos lo que sucedió en el ámbito cinematográfico con
IA de Kubrick / Spielberg. Ahora algo parecido pasa con un par de obras incoclusas del malogrado Michael Crichton. Una, es una novela histórica de piratas auténticos que está prácticamente acabada; la otra, al parecer, es un
techno thriller de los suyos que apenas está embastado y que, seguro, seguro, aparecerá un día de éstos concluído y con su firma.
Ha habido más casos. Uno de ellos fue la obra inconclusa de
Hacia la Fundación que dejó inconclusa el escritor norteamericano Isaac Asimov pero que apareció bien acabadita, como no podía ser de otra manera. El filón Asimov sigue vendiendo incluso hoy en día, así que no íbamos a perdernos una de sus novelas y menos una del universo de la Fundaciones por el pequeño e insignificante detalle del fallecimiento del autor.
Quienes tal vez mejor han sabido explotar el filón de obras post-mortem ha sido Kevin J. Anderson y Brian Herbert, hijo este último de Frank Herbert, autor de
Dune y de cinco secuelas más. El dúo Anderson / Herbert nos ha venido obsequiando desde entonces con un montón de tochos ambientados en el universo de Dune y ahora nos ofrece la conclusión de la saga.
La anotaciones del autor necesarias para concluir "satisfactoriamente" esta novela-río apareció misteriosamente en una caja fuerte del legado del autor, justo a tiempo para ofrecernos un montón de secuelas y de precuelas y de exprimir bien exprimida la gallina de los huevos de oro.
Tampoco podemos condenarlos por ello. Algunos autores fueron verdaderos expertos en exprimir todo lo exprimible en vida, como fueron Isaac Asimov o Arthur C. Clarke, así que no debiera extrañarnos este comportamiento "póstumo".
La frágil memoria
Me estoy releyendo la colección de relatos de Ursula K. LeGuin,
Las doce moradas del viento, cosa que se está demostrando que era muy necesaria porque me estoy dando cuenta que apenas si recordaba nada de nada de la primera vez que lo leí, hace quince años.
Mucho ha llovido desde que Miquel Barceló entró en el aula de Telecomunicaciones en que estudiaba por aquel entonces y me dejó unos pocos libros de ciencia ficción, entre los que estaba esta magnífica colección de relatos de LeGuin que aún no había leído y que él consideraba imprescindible que debía leer. Y por ello le estaré siempre muy agradecido.
En aquella época mis gustos en ciencia ficción eran limitados y se limitaban a unos pocos autores: Asimov, Clarke, Herbert, Heinlein o Card. No había leído nada de LeGuin, ni de Tiptree, ni de Dick y apenas había caído en mis manos algún relato esporádico de Bradbury o de Silverberg.
LeGuin fue un descubrimiento. Especialmente porque a mí, por aquel entonces, la fantasía no me gustaba en absoluto y, para que os hagáis una idea, le tenía una manía patológica a
El Señor de los Anillos, libro que me juré que jamás leería. Cómo cambian las cosas.
Sin embargo, algo de aquellos resabios han perdurado. Debo reconocer que la fantasía heroica o la fantasía oscura, salvo unas pocas excepciones, no me atrae especialmente y que prefiero aquello que puede ser explicado racionalmente, aunque sea traído por los pelos (léase: ciencia ficción).
Tampoco el terror me atrae especialmente. No tanto por la componente fantástica, sino porque soy muy aprensivo. Recuerdo que cuando vi
Señales estuve una larga temporada con un vaso de agua bien a mano...
Volviendo a
Las doce moradas del viento, es curioso que el único detalle que recordaba perfectamente es una breve referencia a los empastes de muelas en el relato "Abril en París". Nada más de la magnífica serie de relatos que componen esta notable antología. La memoria, además de frágil, es ciertamente caprichosa.
Por eso son buenas las relecturas. Porque nos vuelven a presentar relatos que, a lo mejor en su día no nos gustaron o no entendimos o, al revés, narraciones que por aquel entonces sobrevaloramos.
El problema es que con tal cantidad de lecturas pendientes debido al marasmo de publicaciones de género que rebosan en mis estanterías, es difícil hacerle un huequecito a las relecturas. Aun así, es necesario releer los clásicos, que por algo lo son.
El gigante varado: J. G. Ballard
Nos ha dejado James Graham Ballard (1930-2009), escritor británico de ciencia ficción conocido en todo el mundo, autor de obras tan emblemáticas como
La sequía,
El mundo de cristal,
Rascacielos,
Vermillion Sands,
Playa terminal o
Super-Cannes.
Sin ser inicialmente de mis escritores favoritos, se ha ido abriendo un hueco en mis preferencias literarias poco a poco. Lo que más he valorado de él es esa magnífica capacidad de creación de imágenes, a medio camino entre la fantasía y el puro onirismo, que generaban unos mundos muy propios de su imaginación y totalmente incomparables.
En los últimos tiempos estaba bastante preocupado por un cierto fenómeno urbano, el de las urbanizaciones de lujo, mundos cerrados y herméticos aislados del mundo "real", que constituían verdaderas islas de "hipercivilización" que no dejaban de estar a un paso de la barbarie a la que se las rascaba un poco.
Pero sin duda alguna, yo me quedo con el gigante varado y desmantelado, las extrañas criaturas de los desiertos que él imaginó, los escultores de nubes, las selvas cristalizadas, las reflexiones sobre la civilización o los extraños adolescentes hiperviolentos ocultos tras una pátina de sofisticación.
El mundo de J. G. Ballard es riquísimo y se nutre de múltiples fuentes: de países exóticos, de viajes en avión, de los mitos de nuestra cultura moderna y también, aunque en un muy menor medida, de la ciencia ficción clásica, que nunca recibe un tratamiento que pudiéramos catalogar como de "clásico" de la mano de Ballard.
Se ha ido otro gran referente literario moderno. Cada vez quedan menos y somos un poco más huérfanos. Afortunadamente, nos queda su obra, que podremos seguir disfrutando por toda la eternidad.
Las amenazas de nuestro mundo
Isaac Asimov tiene un interesante ensayo publicado titulado
Las amenazas de nuestro mundo en que analiza las distintas amenazas que puede sufrir la Tierra y la Humanidad a diferentes niveles de gravedad. Naturalmente, las catástrofes cósmicas se encuentran dentro de las más graves.
No obstante, este tipo de reflexiones no siempre son propias de la ciencia ficción. A veces son de rabiosa actualidad. Dejando aparte amenazas que se han convertido en "clásicas", como catástrofes ecológicas del calibre de la desaparición de la capa de ozono o del cambio climático global, hay algunas posibilidades, que han sido llevadas incluso al cine que ponen los pelos de punta.
Por ejemplo: una supererupción volcánica. La activación en cascada de una serie de supervolcanes nos complicaría notablemente la vida. A parte de las zonas directamente afectadas por la lava o por la sismicidad, las cenizas que se inyectarían a la atmósfera podrían generar algo parecido a un pequeño invierno nuclear y enfriar notablemente la superficie de la Tierra, al verse reflejado un porcentaje mayor del habitual de la luz solar incidente.
Por ejemplo: el impacto de un meteorito o de un cometa. Incluso uno relativamente pequeño, si impactase en el momento adecuado en el lugar equivocado podría provocar un sidral más que considerable. Imaginaos qué sucedería si en plena escalada bélica entre la India y Pakistán, o entre Corea del Norte y Estados Unidos, un objeto de origen desconocido impactase en uno de estos territorios. La verdad es que es una posibilidad bastante inquietante, máxime cuando ha estado a punto de suceder ya en alguna ocasión.
Por ejemplo: una supernova cercana. Sería una gran alegría para los astrónomos, pero me temo que duraría poco. La cantidad de radiación que recibiríamos sería suficiente como para freírnos. Tal cosa es poco probable, aunque no imposible, en absoluto.
Por ejemplo: la inversión de los polos magnéticos, algo que según algunos científicos podría ser inminente. El problema no es tanto la inversión en sí (que dejaría obsoletos muchos mapas geomagnéticos) sino que ésta suele llevar aparejada una disminución de la intensidad de la magnetosfera, por lo que los chorros de partículas cósmicas llegarán con más facilidad a la superficie de la Tierra.
Por ejemplo: una variación, tanto al alza como a la baja de la radiación solar. La primera, podría conducirnos a un escenario dantesco. La segunda, a una glaciación forzada. En cualquier caso, ninguna de ambas perspectivas es demasiado halagüeña.
En fin, que si queremos escurrirnos el cerebro y pensar en lo que puede ir mal, de posibilidades hay para todos los gustos.
Sterling y el futuro de la ciencia ficción
Bruce Sterling comentaba recientemente en una entrevista que el escritor de novelas de ciencia ficción será pronto algo del pasado. Que si uno lee sobre un futuro muy certero, acaba siendo infeliz y que la gente necesita tanto a los profetas como a los brujos o a los curanderos. De aquella manera, vamos.
Su parte de razón tiene. Hace cincuenta años, hablar del futuro podía ser esperanzador. La ciencia y la tecnología todavía eran benegloriadas y la idea de que un mundo mejor era posible, construible a partir de la razón y del progreso era algo comúnmente creído. Pero los tiempos han cambiado.
La tecnología nos ha mostrado algunas de sus terribles caras: contaminación, destrucción de ecosistemas, crisis energéticas, accidentes nucleares, el agujero de la capa de ozono, el calentamiento global, etcétera. Y el futuro racional no se ve como algo muy factible que digamos.
El escritor de ciencia ficción o se escapa a un futuro muy lejano, en el que las cosas, a fin de cuentas, son muy similares a la actualidad o se limita a concentrarse a unos pocos años vista en el que aparecen unos cuantos cachivaches tecnológicos que, al acabar la novela, posiblemente ya se estarán comercializando, tal es la velocidad a que progresa la técnica.
Pero sobre todo, yo creo que casi todo está ya inventado. Aquello de "nada nuevo bajo el sol". Es muy difícil encontrar algo original en el enorme magma de ideas que ha desarrollado la ciencia ficción a lo largo de todo un siglo. Y, seamos realistas, lo que no es original, nos aburre.
Es normal, pues, que exista un cierto agotamiento de las formas y de las temáticas dentro del mundillo, que se ha hecho pequeño a todas luces.
Elfos y robots: dos caras de la misma moneda
En la literatura fantástica es común ver ideas que se repiten. Lo que no es tan común es ver dos ideas similares que formalmente no tienen nada que ver con una naturaleza e inquietud común. Tal es el caso de dos razas imaginarias de personajes, de orígenes dispares y que aparentemente no tienen nada en común: los elfos y los robots.
Los elfos son unas criaturas míticas, que nacen del folklore centro y norte europeo y que se han difundido por el imaginario colectivo de toda la Humanidad. Habitan en bosques, montañas, cuevas, alejados del mundo de los hombres pero con quienes acaban teniendo algún tipo de relación tangencial. Son, tal vez, antiguas deidades o manifestaciones de genios de la naturaleza en una época en que no existían las grandes religiones monoteístas.
La última evolución importante que han sufrido los elfos en la literatura tal vez sea de la mano de J.R.R. Tolkien en su sorprendente mundo, descrito en novelas como
El Señor de los Anillos o
El Silmarillion. En éstas, los elfos son una especie de raza angelical, dotados de gran belleza tanto física como mental, inmortales y aparentemente perfectos.
Aún así, no pueden dejar de sentir fascinación por los imperfectos y mortales humanos, a quienes adoptan como una especie de hermanos pequeños a quienes deben proteger a toda costa, debido a su bondad innata y no tanto porque así lo hayan decidido racionalmente. No en vano, Tolkien los metaforiza como una especie de ángeles de la guarda judeocristianos.
Y así llegamos a otra rama de la literatura fantástica que aparentemente nada tiene que ver con la fantasía heroica: la ciencia ficción. Concretamente, los robots asimovianos. Isaac Asimov, cansado de que las máquinas siempre adoleciesen del clásico "complejo de Frankenstein", o sea, de que fuesen los malos de la película, decide introducir un tipo de robot diferente: el robot bueno.
Algunos de sus primeros relatos de robots van claramente en esta dirección, con robots-niño o robots-niñera. Pero para protegerse completamente de cualquier tendencia corruptora, incorpora a los robots en su programación básica una ética simplificada basada en las conocidas 3 leyes de la robótica:
Primera ley: Un robot no puede dañar nunca a un ser humano ni permitir que éste resulte dañado.
Segunda ley: Un robot debe obedecer las órdenes que le dé un ser humano, salvo cuando ello entre en contradicción con la primera ley.
Tercera ley: Un robot debe proteger su existencia salvo cuando ello entre en contradicción con la segunda o la primera ley.Algunos han visto en las tres leyes una especie de código deontológico del buen esclavo y no les falta razón en ello. Pero no creo que ésta fuese la intención inicial del Buen Doctor. Yo más bien creo que intentó obtener un código de conducta racional y racionalizado de lo que debería ser un buen robot, útil a los humanos y que no les inspirase el clásico terror por la máquina.
Pero el posterior desarrollo literario parece conducir al mismo camino que con los elfos protectores: a una especie de raza angelical que se dedica a servir y proteger a los seres humanos a toda costa. En una evolución posterior, incluso aparece una nueva raza de robots que obedecen a una nueva ley -la ley cero- superior a las otras tres leyes básicas, que reza:
Ley cero: Un robot no puede dañar a la Humanidad ni permitir por inacción que la Humanidad resulte dañada.De esta manera, se produce una generalización del concepto del bien y del mal en los robots. Ya no se trata de proteger a todos y cada uno de los seres humanos a toda costa, sino que es la Humanidad, como entidad colectiva superior lo que debe ser protegido, ya que ello redundará en beneficio de todos los seres humanos, o al menos, de una gran mayoría.
Pero al igual que el exceso de proteccionismo de los elfos acaba siendo malo, el exceso de celo de los robots para con los humanos produce sociedades robóticas en la que los humanos, lejos de ser simplemente los amos de los esclavos, se han convertido en sus propias víctimas, ya que la dependencia de éstos es tan grande que sin ellos, su cultura carecería de sentido, como puede verse en los mundos espaciales de Aurora y, sobre todo, de Solaria, en donde los robots derivan a una cultura latifundista e hiperindividualista.
Así pues, en cierta manera, los robots acaban retirándose del primer plano de la historia de la Humanidad por su propio bien. Es evidente que ésta no era la intención inicial de Asimov cuando empezó a escribir sus relatos de robots, pero es a la conclusión a la que debió llegar cuando decidió fundir la serie de los robots con la serie de las Fundaciones en
Los límites de la Fundación.
Tal vez el caso más extremo se dé en
Los Humanoides, de Jack Williamson, en la que una raza de robots ultraprotectores acaban esclavizando a la Humanidad a pesar de las buenas intenciones iniciales de protegerla.
Tanto en elfos como en robots podemos ver cómo se cumple aquella famosa sentencia que dice que el Infierno está lleno de gente que tenía buenas intenciones.
Lento, largo, largetto
Continuando en la línea del anterior post, parece que los escritores de ciencia ficción prospectiva no son especialmente buenos predeciendo el futuro, fenómeno que ya se ha tratado en multitud de lugares. Pero uno no deja de preguntarse cómo de esquivo puede ser el futuro para no poderlo aprehender más que por los pelos.
Así, hace apenas una década, el fenómeno de la telefonía móvil acababa de estallar. Un lustro antes, sólo los más tecnoforofos disponíamos de teléfono móvil y la gente nos miraba mal cuando utilizábamos en público el aparato. Hoy día, los niños pequeños han desarrollado dos superpulgares preparados para el envío masivo de SMS a sus compañeros de patio.
Pero el futuro maravilloso parece que no acaba de llegar. ¿Dónde está el supercoche del futuro, de conducción automática? No digo ya que tenga que volar, pero almenos nos podría llevar a los sitios sin esfuerzo y con gran seguridad, evitando los atascos y permitiéndonos gozar del paisaje. De acuerdo, los GPS ya han conseguido el increíble logro que los más patosos seamos capaces de atravesar una gigantesca conurbación sin tener que ser rescatados por el ejército, pero la cosa todavía está en pañales.
Asimismo, aunque los ordenadores lo controlan todo, seguimos muy lejos de dos grandes metas que nos había prometido la ciencia ficción: la computación cuántica y la inteligencia artificial. En lo primero, acaban de desarrollar un circuito integrado más o menos fiable... ¡de 2 qubits! Vaya, que la cosa aún está muy, muy verde.
En cuanto a la inteligencia artificial, no debemos temer porque un ordenador esquizofrénico nos desconecte la hibernación en un viaje interplanetario. Primero, porque dudo que le confiasen esa tarea a las actuales IAs; segundo, porque no tenemos técnicas de hibernación; y tercero, porque tampoco tenemos viajes interplanetarios.
A lo máximo que llegamos es a alguna idea loca de crear un hotel orbital, al que sólo podrían acudir los más ricos del planeta, posiblemente de contemplar sus rostros llenos de arrugas bajo la interesante óptica de la ingravidez. Poco más.
Tampoco tenemos base lunar permanente, ni viaje a Marte, ni ascensor espacial... a ver, desengañémonos, en muchos lugares del planeta la gente se muere todavía de hambre o causa de una disentería. No hemos sido capaces de derrotar al Sida o al cáncer todavía y parece ser que los antibióticos están empezando a perder efectividad.
Tal vez hayamos secuenciado el genoma humano, pero aún no sabemos bien bien cómo funciona. Cuanto más descubrimos, más cuenta nos damos de lo poco que sabemos. Y nuestra avanzada tecnología no ha sido capaz de desarrollar técnicas efectivas para luchar contra el cambio climático global.
No tenemos veleros solares espaciales, ni grandes centrales solares en el espacio que transmitan la energía a la Tierra mediante microondas, ni grandes centrales de fusión termonuclear, ni pastillas contra la calvicie.
En fin, que a pesar de los muchos avances habidos en las últimas décadas, uno no deja de sorprenderse de lo mucho que son capaces de imaginar los escritores de ciencia ficción en comparación con lo lento que va el desarrollo de las tecnologías correspondientes en el mundo real.
Del 2001 al 2009
Aunque la ciencia ficción es mucho más que simple prospectiva futurista, hay que reconocer que algunas obras del género rompen moldes y nos acercan al futuro mucho más de lo que incluso la realidad se entozudece en mostrarnos.
Tal es el caso de
2001. Una odisea en el espacio, obra maestra cinematográfica de Stanley Kubrick, novelada por el escritor Arthur C. Clarke que, de un plumazo y como quien no quería la cosa, nos mostró algunos de los logros de principios del siglo XXI como algo realmente natural ya por aquel entonces.
Me refiero a cosas como una estación espacial habitada (por cierto, de una tecnología muchísimo más avanzada que la ISS actual, pues gracias a su carácter rotatorio era capaz de simular una cierta gravedad artificial), pantallas planas, máquinas sofisticadísimas de inteligencia artificial (
Buenos días, Dave. ¿Una partidita de ajedrez?), máquinas que leen los labios o videoconferencias.
Aún nos queda por conseguir una nave interplanetaria más o menos efectiva, una base lunar permanente, una verdadera estación espacial, vuelos rutinarios a ésta, un HAL que cante
'Daisy, Daisy' y unas cuantas cosillas más.
Las películas de ciencia ficción de hoy en día parece que a lo máximo que llegan es a diseñar una interface basada en mover las manos en el aire como si tuviésemos espasmos, cosa que ha sido más o menos copiada por alguna marca de sistemas operativos para ofrecernos entornos gráficos supuestamente avanzados. En fin...