18 octubre 2019

Sacudiendo las alfombras


En 1972, el escritor Howard Fast escribió un relato corto llamado “El aro” (”The Hoop”), contenido en su antología Un toque de infinito (A Touch of Infinity). En él, un científico construye un aro por el que es posible arrojar materia y esta, aparentemente, desaparece para siempre.

La principal aplicación que le encuentra la Humanidad es un sistema masivo para hacer desaparecer la basura, tema candente hoy día. También es una versión literal de aquello de “esconder la basura debajo de la alfombra”. El relato tiene una conclusión esperable, propia más bien de una fábula.

Uno de los principales problemas que tiene la Humanidad hoy día es la gestión de residuos. En algunos países, existen vertederos de basura del tamaño de montañas. En Tierra (Earth, 1990), de David Brin, se explica que en el futuro próximo, una de las profesiones existentes –que incluso acaba convirtiéndose en un hobby- es la de ir a este tipo de lugares a recuperar materiales valiosos, como es el caso de los metales.

La ciencia ficción ha desarrollado muchos escenarios futuristas de este tipo. Por ejemplo, en el caso del cine, recordemos el principio del episodio VII de Star Wars: El despertar de la Fuerza, en el que aparece un planeta donde habita la nueva heroína de la saga: Rei, que ejerce de recuperadora de materiales más o menos valiosos que obtiene de los restos de enormes naves espaciales varadas en la superficie del planeta.

Alguien tiene que hacer el trabajo “sucio” del que pocos quieren encargarse. Esta es la premisa de “Esquirol” (”Male Strikebreaker”, 1957, revisado en 1963 como “Strikebreaker”), de Isaac Asimov, en el que en un asteroide llamado Elsevere existe un cerrado sistema de castas en el que los basureros son algo así como los intocables de la India y se encargan de gestionar los residuos.

El problema es que los demás habitantes no quieren saber nada de ellos ni de su prole y ello origina una huelga en el sistema de recogida de basuras que pondrá en peligro a toda la sociedad.



16 octubre 2019

Correlaciones: Devoradores compulsivos


Ahora que se habla frecuentemente de tratar de recuperar algunas especies extinguidas a partir de la ingeniería genética, como es el caso de los mamuts, a través de posibles restos congelados en la tundra siberiana, me viene a la mente el caso del hallazgo de un mamut congelado -creo que fue a principios del siglo XX- en bastante buen estado de conservación.

En aquella época, la idea de clonar un mamut no estaba en la mente de la gente, así que, ¿os imagináis que hicieron los descubridores del mamut? En efecto: lo cocinaron y se lo comieron. Los humanos siempre tan glotones.

Esto me recuerda a un divertido relato corto de Isaac Asimov titulado, “Una estatua para papá” (A Statue for Father, 1959) en el que consiguen traer al presente unos huevos de dinosaurio y recuperar la especie. Aún a costa de hacer un espoiler, ¿os imagináis qué sucedió con los dinosarios, no?

Hay más relatos de ciencia ficción en la misma línea, como es el caso de “El pájaro del sol” (Sunbird, 2006, Premio Locus), de Neil Gaiman, contenido en la recopilación El cementerio sin lápidas y otras historias negras, en el que un selecto grupo de excéntricos sibaritas se dedican a zamparse a todo bicho viviente que se precie, especialmente los más raros e inencontrables.

Esto de devorar animalitos tiene su gracia. En algunos países nórdicos, creo que es en Finlandia, es común comerse a las mascotas cuando se mueren. Antiguamente, supongo que era una cuestión de supervivencia y de aporte calórico extra.

En Europa nos comemos los conejos, cosa muy mal vista en Norteamérica donde no solo son unas deliciosas mascotas (en el sentido figurado), sino que suelen ser protagonistas de cuentos infantiles más que notables. En general, así sucede en el mundo anglosajón. Recordemos el conejo de Alicia en el país de las maravillas o la novela La colina de Watership (Watership Down, 1975, de Richard Adams).



14 octubre 2019

La importancia de los libros


La ciencia ficción nos recuerda frecuentemente la importancia de escribir, leer y almacenar libros y qué les sucede a las civilizaciones que no los aprecian.

Un clásico relato (novela) acerca de ello, es la famosa Fahrenheit 451 (1953, de Ray Bradbury) en la que el mundo se ha convertido en una dictadura y los bomberos, en vez de sofocar incendios, se dedican a quemar libros. Unos pocos resistentes tratan de salvar algunos ejemplares importantes aprendiéndoselos de memoria, convirtiéndose ellos, en cierta manera, en libros.

Otro relato, mucho más reciente, realmente delicioso y que trata este tema es “Acerca de las costumbres de elaboración de libros en deterninadas especies” (”The Bookmaking Habits of Select Species”, 2012) de Ken Liu, contenido en la recopilación El zoo de papel y otros relatos.

En este maravilloso relato, se nos cuentan las diferentes maneras que tienen diversas razas alienígenas de producir y leer libros: desde las que ellas mismas se convierten en libros hasta los que acaban habitando en ellos.

Uno de los casos que más me llaman la atención es la de una raza que graba los libros como si de un disco de vinilo se tratase, por lo que para leerlos, hay que entrar en contacto físico con ellos, cosa que los desgasta. Así, los libros más importantes de su civilización, están guardados celosamente y muy poca gente tiene acceso a ellos.

A cambio, otros se dedican a tratar de reproducir estos libros con sus propias interpretaciones, cosa que introduce pequeñas diferencias que van aumentando tras cada nueva reinterpretación.

El autor, en la introducción de la antología, realiza una desapasionada descripción física del proceso de escritura-lectura que utilizamos los humanos que no deja indiferente a nadie.

Por desgracia, nuestra especie tiene una larga tradición de destrucción de libros o incluso de bibliotecas enteras, como la de Alejandría, por motivos ideológicos o religiosos. Ignorancia, en todo caso.

Me gustaría creer que es una etapa superada, pero mucho me temo que la ignorancia acecha en cualquier oscuro rincón de nuestro mundo, esperando su turno para avivar las llamas en la plaza pública.