¿Pero hubo alguna vez cien mil emperadores?
En la ciencia ficción es habitual encontrarse con un tipo de personaje que el escritor del género, Norman Spinrad, definía sarcásticamente como el emperador de todas las cosas. Dicho personaje suele comenzar desde la más absoluta miseria o con serios problemas personales para, a base de autosuperación y una increíble carambola cósmica, acabar convertido en el centro de toda la acción, en posiciones notablemente importantes.
Nadie que conozca mínimamente el género podrá negar que se ha hecho uso y abuso de este tipo de personajes. Me vienen a la memoria el viajero transportado temporalmente de Guijarro en el cielo, de Isaac Asimov, Ender Wiggin en El juego de Ender, de Orson Scott Card o Pyanfar Chanur en la Saga de Chanur. Este último caso es especialmente “lacerante”, aunque la saga en sí misma está bastante bien.
La pregunta que me hago es: ¿existen este tipo de personas? ¿Hay “emperadores de todas las cosas”? No sé hoy día, pero en el pasado los ha habido. Tal vez uno de los casos más peculiares sea, precisamente, el de algunos emperadores romanos. No importaba cuán mal estuviese el Imperio ni los problemas que tuviese: las personas aparentemente más sencillas parecían extraer energías de la nada y dedicarse a la ingente –e inútil tarea- de evitar la caída de Roma.
Sin salir de Roma, el caso de los sumos pontífices (los Papas) es otro caso paradigmático. Personas muchas veces no pertenecientes a grandes familias, han alcanzado posiciones de poder dentro de la Iglesia notables, papado incluído y se han dedicado en cuerpo y alma a la labor de calzarse las sandalias de Pedro.
Algunos de los más grandes líderes políticos del siglo XX, como Winston Churchil, Franklin Delano Roosevelt o Konrad Adenauer, por poner unos pocos ejemplos, han sido en cierta manera “emperadores de todas las cosas”.
Por lo tanto, tal vez no debiéramos burlarnos tanto de este tipo de figuras cuando aparecen en la literatura de género o tachar una obra como infantil porque uno de los personajes –el personaje, de hecho- es de esta guisa. A fin de cuentas, nadie con dos dedos de frente consideraría que una novela que describiese la mentalidad de un psicópata es una porquería por tener en su trama un personaje así.
Lo que sí que es más criticable es el recurso ramplón, el deus ex machina que le saca las castañas del fuego al protagonista cuando lo tiene todo en su contra, aunque reconozco que algunos deus ex machina son especialmente divertidos. Mi favorito, esta vez en el cine, la escena en que Sean Connery azuza a una bandada de aves marinas contra un avión alemán que los persigue en Indiana Johnnes y la última cruzada. Simplemente delirante.
El curioso caso de Doris Lessing
Recientemente, la escritora británica Doris Lessing recibió el Premio Nobel de Literatura. Como es natural, las librerías se lanzaron a rebuscar en sus stocks a ver qué tenían de la autora para desempolvarlos y ponerlos en lugar preferente, que ya se sabe que la gente es muy caprichosa y basta que algún escritor reciba el Nobel para que se lancen sobre su obra, la cual muchas veces les era completamente desconocida con anterioridad a la concesión del premio.
Algunos de los desempolvadores son los críticos (o supuestos críticos) literarios, algunos de los cuales deben buscar información del autor en cuestión en la Wikipedia. Acto seguido, sazonan sus mal digeridos conocimientos con unas cuantas anécdotas –preferentemente escabrosas- y con un montón de tópicos baratos. Sólo así se explican ciertas declaraciones.
Por ejemplo, sobre Doris Lessing he leído en algún lugar de cuyo nombre prefiero ni acordarme que es una gran escritora, con una producción de lo más recomendable. Y, a parte, claro, está su obra de ciencia ficción, a la que califican poco menos que de menor o de basura, directamente. ¡Toma ya!
Vale, de acuerdo, como escritora de ciencia ficción, Doris Lessing no es especialmente brillante. Los matrimonios entre las zonas tres, cuatro y cinco no pasará a los cánones del género. Pero tiene algunas obras interesantes, como Instrucciones para un descenso al infierno o La grieta. Pero claro, ya se sabe, ciencia ficción, “tonterías del espacio” (mi abuelita dixit), monstruos de ojos saltones y literatura para adolescentes.
Decir eso de la prosa de Doris Lessing es una solemne estupidez, como sabrá cualquiera que haya podido y querido leer algo de ella. Pero la ignorancia de estos autodenominados popes de la crítica es descomunal. Allá ellos.
Hiperrealismo: ¿cuán real es la realidad?
A veces me pregunto: ¿cuán real queremos que sea la realidad? Esta pregunta me la suelo hacer muchas veces cuando veo la progresión tecnológica que llevan muchos aparatitos electrónicos que forman parte de nuestra cotidianiedad, como el teléfono móvil, la televisión o los reproductores de música.
Pongamos un ejemplo: el ojo humano. Cada uno de ellos dispone de unos 130 millones de bastones y 7 millones de conos que, combinados, producen una información cercana a lo que en fotografía digital llamaríamos 200 megapíxels. Hasta aquí bien. Pero resulta que el nervio óptico no puede conducir un flujo tan grande de información, así que la comprime a poco menos que 1,5 megapíxels por ojo.
Vale, ¿y qué? Pues que las cámaras fotográficas actuales suelen tener entre 3 y 4 megapíxeles. Mucho más de lo que el sistema de procesamiento visual humano puede discernir. ¿Para qué queremos tanto megapíxel?
Otro tanto podríamos decir de los colores. El sistema estándar digital consiste en codificar 16 millones de colores mediante una señal RGB (rojo-verde-azul) con 3 bytes para cada píxel, 1 para cada canal RGB, lo que permite 256 tonos de cada color. El total de combinaciones posibles: 256 x 256 x 256 da los 16 millones de colores. Pero el ojo humano no distingue tantas tonalidades.
De hecho, es posible que se quede corto en los rojos, ya que probablemente seamos capaces de distinguir más de 256 tonalidades de rojos (aunque ya es mucho decir), pero no somos capaces de distinguir 256 tonalidades de verdes y aún menos 256 tonalidades de azules. Por lo tanto, todo lo que supere esta cantidad de tonos es desperdiciar memoria. Al menos para los humanos.
Lo mismo sucede con el sonido. En principio, una frecuencia de muestreo de 64Kb/s es más que suficiente para el rango dinámico habitual en un ser humano. Eso significa 65536 muestras (valores) por segundo. Es cierto que un oído muy entrenado o uno muy joven podría detectar ciertas imperfecciones en los agudos, por lo que los nuevos formatos de audio digital han aumentado la frecuencia llevándola al límite de nuestros sentidos.
Pero la tecnología tiende a ir aumentando exponencialmente la capacidad de almacenamiento y de resolución. Sólo los fenómenos cuánticos de los materiales parecen determinar un límite práctico al crecimiento, no el sentido común. Es aquí cuando me pregunto, ¿cuán real queremos que sea la realidad?
En una novela de Michael Crichton, Rescate en el tiempo (1999-1357) se planteaba la posibilidad de almacenar la composición exacta de un cuerpo humano en una memoria. En otras novelas y relatos de ciencia ficción, se habla de almacenar el contenido total de un cerebro humano en un soporte físico diferente del de un cerebro, como si un disco duro o un DVD se tratase.
De hecho, este es el mecanismo habitual del teletransporte en series de ciencia ficción como Star Trek: la información se almacena en un buffer y se transmite a otro lugar, donde se recompone la configuración inicial.
Sin entrar en cuestiones filosóficas, parece que la capacidad de almacenamiento y de resolución de la tecnología humana está alcanzando cotas realmente metafísicas, más allá de las necesidades prácticas que podamos tener o llegar a tener en un futuro más o menos inmediato.
Grandes frases de la literatura fantástica
“Dr. Chandra, ¿soñaré?” (“Dr. Chandra, Will I dream?”)
2010. Odisea dos, Arthur C. Clarke
“Todos esos mundos son vuestros, escepto Europa. No intentéis aterrizar allí” (“All these worlds are yours, escept Europa. Attempt no landings there”)
2010. Odisea dos, Arthur C. Clarke
Dios mío: ¡está lleno de estrellas! (“My God: It’s full of stars!”)
2001. Una odisea en el espacio, Arthur C. Clarke
“La violencia es el último recurso del incompetente” (“Violence is the last refuge of the incompetent”)
Fundación, Isaac Asimov
“¿Lo intentaron y fallaron? – Lo intentaron y murieron” (“They tried and failed? - They tried and died”)
Dune, Frank Herbert
“Porque es el Kwisatz Haderach” (“Because He Is the Kwisatz Haderach”)
Dune, Frank Herbert
“No conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es el pequeño mal que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allí por donde mi miedo haya pasado ya no quedará nada, sólo estaré yo.” (“I must not fear. Fear is the mind-killer. Fear is the little-death that brings total obliteration. I will face my fear. I will permit it to pass over me and through me. And when it has gone past I will turn the inner eye to see its path. Where the fear has gone there will be nothing. Only I will remain.”)
Dune, Frank Herbert
“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos "C" brillar en la oscuridad cerca de la puerta de "Tanhauser". Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.... es hora de morir.” (“I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All those ... moments will be lost in time, like tears...in rain. Time to die.”)
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? [Blade Runner], Philip K. Dick
¡No puedes pasar! (“You Can’t Pass!”)
El Señor de los Anillos, J. R. R. Tolkien
¡Corred, insensatos! (“Fly you, fools!”)
El Señor de los Anillos, J. R. R. Tolkien
“Tres anillos para los reyes Elfos bajo el cielo,
Siete para los señores Enanos en sus palacios de piedra,
Nueve para los Hombres mortales destinados a morir,
Uno para el Señor Oscuro sobre su trono oscuro
en la Tierra de Mordor donde las Sombras caen.”
“Three Rings for the Elven-kings under the sky,
Seven for the Dwarf-lords in their halls of stone,
Nine for Mortal Men doomed to die,
One for the Dark Lord on his dark throne
In the Land of Mordor where the Shadows lie.”
”Ash nazg durbatulûk,
ash nazg gimbatul,
ash nazg thrakatulûk
agh burzum-ishi krimpatul.”
”One Ring to rule them all,
One Ring to find them,
One Ring to bring them all
and in the darkness bind them.”
El Señor de los Anillos, J. R. R. Tolkien
El mundo ha cambiado.
Lo siento en el agua.
Lo siento en el aire.
Lo huelo en la tierra.
“The World has changed.
I feel it in the water.
I feel it in the Earth.
I smell it, in the air”
”I amar prestar aen,
han mathon ne nen,
han mathon ne chae
a han noston ned ‘wilith”
El Señor de los Anillos, J. R. R. Tolkien
Cánticos de la lejana Sri Lanka
El día 19 de marzo de 2008 falleció en su casa de Colombo (Sri Lanka) el conocido autor de ciencia ficción Arthur C. Clarke. Podríamos dejarlo aquí y sería una esquela más de las tantas que pueblan últimamente el mundo de la ciencia ficción clásica o “vieja” ciencia ficción. En definitiva, la ciencia ficción del siglo XX. Sin embargo…
… Sin embargo si algo no era Arthur C. Clarke es un simple escritor del siglo XX. Su obra más famosa, 2001: Una odisea en el espacio, llevada al cine magistralmente por Stanley Kubrick y considerada durante mucho tiempo como la mejor película de ciencia ficción de la historia, se sitúa, precisamente, en los albores del siglo XXI.
La ciencia ficción de Clarke, especialmente la de sus buenos tiempos, tenía una fuerte vena utópica, casi ensoñadora. Memorables son sus obras El fin de la infancia, La ciudad y las estrellas, Las fuentes del paraíso, Cita con Rama o la serie de 2001, especialmente las dos primeras.
Clarke tocaba muchos temas en sus novelas. Por un lado, estaba muy interesado en la evolución de la inteligencia humana y en la posible existencia de inteligencias extraterrestres. Por otro lado, la tecnología y cómo afectaba ésta a la sociedad, era otro de sus puntales. Ambos temas se combinan muy bien en la mayor parte de sus novelas.
Así, en La ciudad y las estrellas, la Humanidad ha alcanzado un grado tecnológico y sociológico tal que vive estancada y el nacimiento de un nuevo humano en mucho tiempo, la sacará de la letargía y la hará soñar nuevamente… y temer.
En la serie de 2001, Clarke se pregunta acerca de la evolución de la inteligencia, del sentido de todo, así como si estamos solos en el Universo. También incorpora el tema tecnológico de manera brillante, con las estaciones espaciales habitadas, una realidad ya, la base lunar permanente (todavía un proyecto) o la maravillosa inteligencia artificial que es HAL (posiblemente muy lejos aún).
Otra de las novelas en las que la evolución y el cambio profundo de la Humanidad son tratados con trazo seguro es El fin de la infancia, tal vez una de las obras más utópicas del autor.
Finalmente, obras como Las fuentes del paraíso, con su ascensor orbital o Cita con Rama, cuyo protagonista principal no es una persona sino una nave alienígena, completan las novelas más memorables de este autor recién fallecido.
Pero Clarke brillaba también en las distancias cortas, algo común en los escritores clásicos, pero menos frecuente hoy día, en que el relato breve no está de moda y los autores cobran por tonelada de papel.
Algunos de sus mejores relatos están recogidos en muy buenas antologías como Los vientos del Sol, Cuentos del planeta Tierra, Relatos de diez mundos o Cuentos de la taberna del ciervo blanco, en los que combina el humanismo con la tecnología y con un fino sentido del humor.
No obstante, una de las novelas que primero leí de Clarke no se suele contar entre las mayores de su producción, aunque a mí me pareció de una belleza estraordinaria. Se trata de Cánticos de la lejana Tierra, que produce una sensación de pérdida, tristeza y melancolía pocas veces igualada en otras obras de la ciencia ficción.
Clarke sobrevivió a la II Guerra Mundial, a la guerra civil en que vive inmersa Sri Lanka, al 2001 y a un tsunami, pero finalmente le ha llegado su hora. Praptopayapt dyi Nirvana.
El día del Juicio Final (por la tarde)
El día que muchos nos estábamos temiendo ha llegado. ¡Apocalipsis! ¡Arrepentíos y haced penitencia porque el Fin del Mundo (Versión 2.0) está llegando! Bueno, en fin, no es para tanto, pero es que al parecer algún hacker ha conseguido destrozar el sistema ése tan mono de las letritas que aparecen en según qué sistemas de verificación y que hay que entrar a mano para evitar ataques automáticos masivos.
Concretamente, han encontrado el método de crackear el sistema de verificación para la creación de cuentas Gmail, con lo que algún alma despiadada podría emplear el truco para realizar envíos masivos de spam desde cuentas Gmail creadas ad-hoc.
Este sistema de reconocimiento de letras recibe el complejo e impronunciable nombre de CAPTCHA, siglas que significan: Completely Automated Public Turing test to tell Computers and Human Apart. Vaya, una especie de test de Turing que, al parecer, ya son capaces de pasar algunas máquinas debidamente instruidas por el hacker de turno.
Esto de que las máquinas pasen ciertos tests de Turing empieza a ser común. Primero fue Deep Blue, la supercomputadora de IBM que dejó en paños menores al pobre ajedrecista Garry Kasparov en febrero de 1996.
Y ahora esto, que aunque es mucho menos complejo y no deja de ser un sistema de reconocimiento óptico de caracteres más o menos avanzado, tiene su miga, porque parece iniciar una carrera “armamentística” entre medidas y contramedidas de seguridad. Es como si, de repente, alguien encuentra un método rápido de factorizar números primos. Al garete un montón de criptoclaves públicas y todos a correr.
Estamos muy lejos de que los cylon de Galáctica se vuelvan inteligentes y nos envíen unos cuantos pepinos nucleares en agradecimiento (cosa, por cierto, muy similar al argumento de Terminator). Y es que las máquinas inteligentes siempre han tenido muy mala prensa. Acuérdense de la memorable frase “Buenos días, Dave” que pronunciaba HAL en 2001. Una odisea en el espacio, que probablemente era la versión autocensurada de “Buenos días, Dave. Ya que no me dejas cantar el ‘Daisy, Daisy’ te vas a enterar tú ahora”.
En fin, yo por lo que pueda suceder, empiezo a ahorrar para comprarme un terrenillo en el Gobi por si las máquinas se vuelven demasiado inteligentes y nos ponen a nosotros a pasar tests de Turing. Aunque aún tengo esperanza: mi reloj digital no es capaz de identificar el día de hoy, porque no controla los años bisiestos. Algo es algo…
Demonios interiores
Es por todos los aficionados conocidas ciertas filias y fobias de algunos famosos escritores de literatura fantástica y resulta verdaderamente instructivo ver hasta qué punto éstas influyeron en su producción literaria.
Empezaremos con un caso más o menos inocente. J. R. R. Tolkien nació en Sudáfrica y según se nos cuenta en una de sus biografías, uno de los recuerdos más vívidos que tiene de su infancia es cuando le picó una araña venenosa. ¿A alguien le suena? Recordemos la famosa escena de El Señor de los Anillos en que Ella-laraña pica a Frodo y lo deja incosciente.
De hecho, en su mitología cosmogónica, la predecesora de Ella-laraña es un espíritu oscuro y malvado llamado Ungoliat que es quien destruye los maravillosos árboles Telperion y Larelin en las Tierras Imperecederas.
Otro conocido escritor, Isaac Asimov, era un cúmulo de fobias y manías. Padecía, entre otras cosas, de agorafobia y acrofobia. Así, uno de los personajes que aparece en sus tempranos relatos, el Dr. Urth, padece estos problemas y resuelve sus problemas sin moverse de su despacho, claro predecedor de lo que posteriormente serían sus conocidos relatos de los Viudos Negros.
Uno de los personajes más conocidos de las novelas de Asimov, el policía Elijah Balley es totalmente urbanita y agorafóbico, como se nos cuenta en Bóvedas de acero y El sol desnudo. Tanto la Tierra superpoblada como posteriormente lo será Trántor, la capital del Imperio Galáctico, son megápolis cubiertas en las que casi nunca es posible ver el cielo desnudo. Un verdadero paraíso para el Buen Doctor.
En lo referente a Robert Silverberg, estamos ante un escritor extraordinariamente culto e inteligente, siempre preocupado y hasta angustiado por ser diferente a los demás, cosa que llega muchas veces a aislarlo. Ejemplos de estas pautas de comportamiento casi autobiográficas las encontramos en novelas como Tiempo de cambios o en Muero por dentro.
Aunque tal vez uno de los casos más exageros y fructíferos de cómo la paranoia y cierto tipo de delirios son capaces de condicionar la obra literaria de un autor, lo encontramos en Philip K. Dick, quien se cuestionaba continuamente acerca de la realidad y de la consciencia (Valis, Ubik, La penúltima verdad, etc).
En estos ejemplos podemos ver cómo los demonios interiores de los escritores pueden llegar a forjar algunos de los elementos de sus particulares universos literarios.
Podemos recordarlo por usted
Ayer se me ocurrió una idea loca de ésas que de vez en cuando se me pasan por la cabeza, aunque poco después me di cuenta de que no era ni verdaderamente mía ni tan loca. ¿Es posible robarle los recuerdos a alguien?
Capítulos de The Red Dwarf aparte, no es un tema nuevo. En la ciencia ficción ha sido tratado en múltiples ocasiones. Tal vez, el maestro de esta temática sea Philip K. Dick, muy interesado por este tipo de disquisiciones filosóficas (y prácticas).
Tenemos el caso de la película Desafío total, protagonizada por el inefable Governator Arnold Schwarzenegger y basada en un relato de Philip K. Dick: “Podemos recordarlo por usted al por mayor” (“We Can Remember It for You Wholesale”, 1966). En ella, un hombre aparentemente normal y corriente contrata los servicios de una empresa especializada en la implantación de recuerdos, aunque algo sale mal… aparentemente.
La película es verdaderamente paranoica y, salvo por un pequeño detallito, uno acaba sin saber si lo que ha vivido el protagonista es real o producto de su delirante imaginación.
También basada en un relato de Dick, en Blade Runner, uno de los replicantes tiene en su posesión unas fotografías extraordinariamente detalladas que pretenden dotarle de recuerdos del pasado.
¿Desvaríos? No, la pura realidad. Esta es la idea que tuve: ¿para qué irme de vacaciones a Londres si puedo vivir las vacaciones de un montón de personas que acaban de volver de dicha ciudad y han colgado en internet sus fotografías, vídeos y experiencias? ¡Adueñémonos de esos recuerdos anónimos y montémonos nuestra propia aventura sin salir de casa, a un coste casi cero y sin el menor riesgo a que el avión que nos lleve se estrelle! Asimov hubiese estado encantado de la vida.
Sí, ya sé que sería una realidad inventada, que no tendría emoción, ¿pero quién quiere emociones durante las vacaciones? Ese chubasco que nos deja calados hasta los huesos, ese museo que no pudimos visitar porque justo el día que fuimos a verlo estaba cerrado, ese carterista que nos hizo perder media mañana en la embajada y en el consulado…
Naveguemos por la blogosfera, la flickeresfera y por la youtubesfera y podremos visitar los más recónditos lugares del planeta sin los inconvenientes de tener que vacunarnos, aprender un idioma exótico o sufrir la venganza de Moctezuma.
A fin de cuentas, ¿qué es lo que os pensáis que vais a ver si viajáis vosotros mismos? Comeréis las comidas típicas en los restaurantes típicos, haréis las fotos típicas a las estatuas típicas y os compraréis las pulseras típicas en aquel mercado tan típico. Para conocer realmente un país no podéis coger un vuelo barato de fin de semana.
Para conocer una realidad diferente, tenéis que vivir una temporada en el país en cuestión, relacionaros con la gente normal de a pie (o no tan normal) y hacer algo más que vagar por las calles haciendo poses antes una cámara de vídeo. En caso contrario, es mejor navegar por internet, que consume menos recursos y contribuye mucho menos al calentamiento global.
Correlaciones: Rastreando un gen
Hay una escena de la narración de Luz de otros días, de Arthur C. Clarke y Stephen Baxter en la que, mediante el uso de una peculiar tecnología temporal, uno de los protagonistas se dedica a rastrear una determinada característica genética remontándose a los orígenes de la raza humana.
Algo parecido ha conseguido Hans Eiberg, profesor del Instituto Pamun de la Universidad de Copenhague, utilizando, eso sí, tecnologías menos futuristas. Tras un detallado estudio de poblaciones con ojos azules de diferentes razas y lugares muy alejados geográficamente, ha llegado a la sorprendente conclusión de que todas las personas que tienen los ojos azules descienden de un único ancestro común.
Dicho de otra manera, la mutación de los ojos azules, consistente en la inhibición de la producción de melanina en los iris de los ojos, sólo se ha producido una vez en la historia, pero ha tenido tal éxito que hoy en día millones de personas en todo el planeta gozan de este factor genético o bien son portadores de él.
Al parecer, esta mutación se produjo entre hace 6.000 y 10.000 años. Si dispusiéramos de la tecnología de observación temporal de Luz de otros días, podríamos llegar a rastrear el origen de este gen hasta su primer portador, es decir, el primer humano con los ojos de color azul.
Se cree que esta mutación ha tenido un éxito tan inusual debido a algún tipo de discriminación sexual positiva a favor de los portadores de esta mutación. Es decir, que la gente con ojos azules es, de alguna manera, más atractiva para los demás y tiene, por tanto, más posibilidades de reproducirse y transmitir el caràcter genético a su descendencia.
Este estudio abre la puerta a otros de similares que nos podrían aclarar el porqué de algunas características dominantes o recesivas en el genoma humano.
Inventores
Hace un par de días, leía en una entrevista que le hacían a un señor en el diario La Vanguardia la frase “mi amigo Gene Wolfe, que inventó la máquina de hacer las Pringles”. La verdad es que me llamó la atención porque Gene Wolfe es el nombre de un conocido autor de fantasía y de ciencia ficción, pero no le di más importancia y pensé que era una de esas tantas coincidencias de nombres que se dan en la vida.
Pero hoy leo en un blog que el autor de ciencia ficción Gene Wolfe ”ayudó a desarrollar la máquina que cocina las patatas Pringles”. ¡Sorprendente!
Para mayor divertimento, en el mismo blog se afirma que Robert A. Heinlein, otro conocido escritor de ciencia ficción, sobre el que han llovido ríos de tinta preguntándose si era o no era facha, concibió… ¡la primera cama de agua!
Desde luego, no deja de llamar la atención la inventiva de algunos escritores. Sin ir más lejos, creo que fue Alberto Vázquez-Figueroa quien ideó un sistema bastante simple para lograr desalinizar el agua del mar.
Muchos escritores del fantástico llevaron una vida “oculta”, en el sentido de que era poco conocida por sus fans. La de inventores es una faceta, en cierto punto bastante lógica, dadas sus capacidades imaginativas.
Así, por ejemplo, es sabido Arthur C. Clarke inventó el concepto de órbita geoestacionaria, que ta útil ha sido para el posicionamiento de los llamados satélites geoestacionarios. A dicha órbita también se la llama órbita de Clarke.
O que Tolkien inventaba lenguas para su use y disfrute particular, que posteriormente fueron utilizadas en su obra, como en El Señor de los Anillos, El Hobbyt o El Silmarillion.
El propio Hugo Gernsback, padre de la ciencia ficción moderna, inventó un instrumento musical eléctrico controlado por teclado.
¿Alguien conoce más ejemplos de inventores dentro del mundo de la literatura fantástica?
Parón
Pasado un tiempo prudencial después de haber empezado a detectarse en el mundillo de las publicaciones de ciencia ficción en España un cierto parón, creo que podemos sacar algunas conclusiones provisionales sobre el estado actual.
Sin ánimo de ser catastrofistas, creo que es evidente que los mercados han aplicado un correctivo al exceso de títulos que había a nuestra disposición hace un par de años. Creo que esta es la tendencia general. Lo deduzco de una serie de indicios más o menos visibles:
- Minotauro ha frenado en seco la edición de libros de ciencia ficción. Incluso las colecciones de autor, como Ballard o LeGuin se han visto afectadas. En el caso de LeGuin, se ha optado más por la reedición que por obras pendientes de publicar. Y han pasado a la historia definitivamente algunos autores que jamás fueron demasiado comerciales, como Carter. Además, han quedado inconclusos algunos experimentos, como el de 50 en 50 de Harry Harrison.
- Gigamesh también ha frenado, apostando por lo seguro (Martin) e hibernando la revista con el mismo nombre.
- Bibliópolis, a pesar de seguir con una producción más o menos estable, se ha refugiado en valores comerciales seguros (Sapkowski, Asimov) y ha demorado las publicaciones de relatos.
-Ediciones B sigue con la política de los últimos años de ofrecernos los premios de turno y los autores de la casa, con la gugolenésima demora de la mítica Nueva Guía de Ciencia Ficción de Barceló. A este paso, se publicará antes el Necronomicón.
- La colección Runas de Alianza Editorial y la Ómicron de Roca Editorial han reducido su ritmo considerablemente.
-Edhasa saca las “novedades” (son reediciones) con cuentagotas.
- E incluso La Factoría parece pensárselo dos veces antes de poner un nuevo título en circulación.
-AJEC sufre demoras importantes en la publicación de los títulos previstos.
Tampoco las pequeñas editoriales semiprofesionales parecen atravesar un momento especialmente dulce.
De todo esto creo que es bastante correcto deducir que, sin que el famoso péndulo haya vuelto a oscilar, la situación se ha ralentizado considerablemente. Como siempre, los más débiles han sido los más perjudicados: los autores “difíciles” y la narrativa breve. Recordemos que la Asimov ha desaparecido y Gigamesh duerme en el limbo. Las dos principales publicaciones españolas de relatos de ciencia ficción han desaparecido en combate.
Aun así, van apareciendo en el mercado español bastantes títulos a lo largo del año, muchos de ellos novedades. Me preocupa más el hecho de que estamos perdiendo nuevamente el hilo de la historia de la ciencia ficción que, nos guste o no, sigue siendo básicamente anglosajona.
Muchos autores noveles no llegarán a nosotros, ya que la edición de relatos se ha estancado y estos autores suelen empezar muchas veces su carrera por la narrativa breve.
En fin, supongo que habrá que seguir esperando a ver cómo evolucionan las cosas, aunque no soy especialmente optimista.
El cielo de silicio
Hay dos temas que aparición recurrente en las historias de ciencia ficción: la religión y la inteligencia artificial. Pero la combinación de ambas no es algo demasiado frecuente. Últimamente, he estado viendo el remake de Galáctica, Estrella de Combate y dicho concepto aparece de manera bastante sugerente.
En la serie, los Humanidad se ha extendido por la galaxia y ha colonizado doce sistemas estelares (las doce colonias), con unas ciertas reminiscencias bíblicas de las doce tribus de Israel. Para facilitar la tarea, la Humanidad crea a los cylon, unos robots más o menos inteligentes que acaban sublevándose y le declaran la guerra a los humanos.
Tras unas décadas de armisticio, los cylon vuelven, ahora con forma humana. Son prácticamente indistinguibles de los seres humanos y aparentemente, sienten y tienen conciencia de ellos mismos. Además, son unos fanáticos religiosos monoteístas, que creen en una especie de misterioso Dios único que parece guiar sus acciones.
Un nuevo ataque cylon destruye las doce colonias y los seres humanos deben emprender una larga diáspora en busca de la tierra prometida: la Tierra. Lo que decía: muy bíblico. Pero también muy actual. Es evidente que los guionistas se han inspirado en el 11-S en muchos aspectos: el ataque sorpresa de los cylon, la terrible quinta columna de los cylon humaniformes, el fundamentalismo religioso…
Otro universo fantástico en el que la religión tiene su papel, aunque mucho más restringido, es el de los Robots asimovianos. En uno de los relatos de Yo, Robot, en “Razón” (“Reason”) aparece un robot que cree ser una especie de profeta enviado por Dios.
Aunque tal vez una de las apariciones más memorables de la religión en la ciencia ficción corresponda a uno de los episodios de la serie humorística The Red Dwarf (“El enano rojo”), en que uno de los protagonistas, el robot Kryten habla del “cielo del silicio”, en el que parecen creer todos los seres mecánicos (salvo la tostadora psicótica, que es más bien cartesiana).
Cuando uno de los humanos le pregunta a Kryton si el cielo del silicio es como el cielo de los humanos, da lugar a una sarcástica y memorable respuesta por parte del robot:
- ¿El cielo de los humanos? ¡Santa inocencia! Los humanos no van al cielo. El cielo es algo que se inventó alguien para que los humanos no se volvieran locos.
Lo que me lleva a preguntarme, si alguna vez creamos una inteligencia artificial auténtica, algo prácticamente humano, ¿no deberemos incorporar también la experiencia religiosa en su programación? ¿O surgiría espontáneamente? Ciertamente, es un tema fascinante.
Extinciones
Uno de los temas más recurrentes de la ciencia ficción son las extinciones, con una especial predilección por los cataclismos que ponen al borde de la extinción a la raza humana. Son las también llamadas “novelas del fin del mundo”, aunque más propiamente deberían llamarse “novelas del fin del Hombre”.
Algunos, se han convertido en verdaderos clásicos, como Soy leyenda, de Richard Matheson, La Tierra permanece, de George R. Stewart, Barbagrís, de Brian W. Aldiss, Cronopaisaje, de Gregory Benford o El árbol familiar, de Sheri S. Tepper.
Tal vez uno de los cantos más bellos a la extinción de una cultura o raza, sean algunos de los relatos que componen las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, en especial los relatos “Vendrán lluvias suaves” (“There Will Come Soft Rains”) y “El pícnic de un millón de años” (“The Million Year Picnic”).
Por desgracia, el término “extinción” está tan al orden del día que ya casi nadie le hace caso. Una noticia de hoy mismo: ha muerto la última nativa de Alaska que hablaba la lengua eyak. No sólo extinguimos plantas y animales, sino incluso culturas. Según la UNESCO, hay unas 3.000 lenguas amenazadas de muerte, casi la mitad de las que se hablan.
Es cierto que la extinción es un proceso natural en la evolución, pero supongo que ello no representa consuelo alguno para quien se extingue. Tal vez los próximos seamos nosotros. La semana que viene se nos acercará un asteroide que mide entre 150 y 600 metros. Parece que no hay riesgo de colisión, pero jugamos a una lotería cósmica y, a diferencia de las loterías clásicas, aquí siempre te acaba tocando el premio gordo si esperas el suficiente tiempo.
Hay un par de libros científicos que tratan este tema de manera muy interesante. Uno es Las amenazas de nuestro mundo, de Isaac Asimov. El otro, Un punto azul pálido, de Carl Sagan. Recomiendo su atenta lectura a todos los interesados en el tema.
Influencias clásicas
Es bastante habitual en ciertos escritores de ciencia ficción anglosajona, que algunos de sus relatos o incluso novelas estén inspirados o basados en alguna cita, poesia u obra literaria “clásica”. Podría citar multitud de ejemplos, pero escogeré unos pocos.
Tal vez uno de los casos más conocidos sea el Hyperion de Dan Simmons, basado en la obra inacabada del mismo título de John Keats y con una estructura narrativa similar a la de los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer, ambos autores muy conocidos. Algo parecido sucede con Endymion, que también toma su nombre de un poema de Keats.
También tenemos el caso de Ray Bradbury, quien escribió un bello relato titulado “Las doradas manzanas del Sol”, que da nombre a una antología de relatos. El título proviene de los versos finales de un poema del irlandés William Butler Yeats: “The Song of Wandering Aengus” (“La canción de Aengus el errante”). Como buen simbolista que era Yeats, las doradas manzanas y las plateadas manzanas que también aparecen en el poema, representan los días y las noches. Tampoco hay que olvidar que la manzana es un símbolo de primera magnitud en la literatura, tanto por su significado bíblico, como por la manzana de la discordia que lanzó Eris y que acabó provocando la guerra de Troya.
También Yeats ha inspirado a otros autores de ciencia ficción, como el muy culto Robert Silverberg. Un ejemplo de ello es el poema “Sailing to Byzantium” (“Navegando hacia Bizancio”) que inspiró una novela corta con el mismo título.
Continuando con Silverberg, otro poeta romántico, en este caso Percy Bysshe Shelley inspiró con su poema “Ozymandias” (una transcripción griega del praenomen egipcio del faraón Ramsés II) el relato corto con el mismo título que éste escribió en 1958 y que puede encontrarse en la recopilación Los mejores relatos de ciencia ficción. La era del cambio 1956-1965 .
Finalmente, me gustaría acabar con un clásico: William Shakespeare, autor de La tempestad, que inspiró la conocida película de ciencia ficción Planeta prohibido (Forbidden Planet).
Correlaciones: Cangrejos por doquier
Es bien sabido que algunas especies de cangrejos, como el cangrejo americano, pueden llegar a convertirse en verdaderas plagas si llegan a ecosistemas que no estén dotados de sus depredadores naturales. Tal ha sucedido en algunos lugares como el delta del Ebro. Entre el cambio climático y la globalización, me temo que este tipo de fenómenos –las plagas alóctonas- serán cada vez más frecuentes en nuestro planeta.
Hace unos días leía en la prensa una noticia curiosa. Al parecer, los cangrejos japoneses están borrando del mapa ni más ni menos que una isla: Hoboro, en la prefectura de Hiroshima, en Japón. La isla en cuestión se está volviendo cada vez más pequeña y, de seguir así, podría tener los días contados.
El responsable de esta pequeña catástrofe ecológica es un cangrejo llamado nanatsuba-kotbumushi, que excava sus madrigueras en la isla y la debilitan, haciéndola más vulnerable ante las embestidas de los huracanes.
Como muestra del efecto causado, hay que tener en cuenta que en el año 1928, la isla medía 120 metros de largo y una altura de 22 metros s.n.m. Actualmente, desaparece con la subida de la marea. Muy descriptivo.
La noticia me recordó inmediatamente a un conocido relato de ciencia ficción ruso, considerado por algunos, como de los mejores de éste género en Rusia: “Los cangrejos caminaban sobre la isla”, de Anatoli Dneprov. La realidad, en este caso es más simple. Los agresores son cangrejos naturales, no pequeños robots.
El relato pronosticaba lo que posteriormente se ha llamado comportamiento emergente y era, en cierta manera, una especulación brillante derivada de la teoría evolutiva darwiniana.
El relato recuerda mucho también al magnífico relato de George R. R. Martin, “Los reyes de la arena” o a uno de los libros recientes de Michael Crichton: Presa.
La ciencia ficción está bastante poblada de relatos en los que unos seres autoreplicantes se descontrolan y comienzan a provocar problemas de toda índole. No es más que una extensión del “complejo de Frankenstein”, extendido ahora a todo tipo de tecnologías, cosa en la que parece haberse especializado últimamente Michael Crichton.