04 abril 2006

Correlaciones: Prospectiva

Una de las componentes que siempre se le han asignado de facto a la ciencia ficción, a veces como un sambenito, es la de tener capacidad prospectiva, es decir, la capacidad de predecir el futuro.

Creo que es evidente que la ciencia ficción no es eso, aunque algo de ello también hay. Una de las muchas posibles interpretaciones de la ciencia ficción (en especial la hard y la soft) es la de ver cómo la tecnología afecta a nuestras vidas y, al mismo tiempo, analizar cómo puede evolucionar también la tecnología, con los consecuentes cambios socioculturales que ello podría implicar.

Esta es pues, a mi modo de ver, la capacidad prospectiva de algunas obras de ciencia ficción. Cuando se analizan más bien los cambios sociales, nos acercamos a las utopías y distopías. Cuando teorizamos acerca de qué hubiese pasado si... en vez de... estamos ante ucronías.

Pero no quería entrar en el pantanoso terreno de la definición de ciencia ficción, que esas tierras ya se han tragado a muchos incautos. Prefiero permanecer en tierra firme, que por algo soy de secano. Lo que quiero en realidad es analizar algunos casos de prospectiva fallida o exitosa en la ciencia ficción.

Uno de los casos fallidos más notables ha sido el de la exploración del espacio. En los años 60, 70 y 80, la carrera espacial era uan extensión de la carrera armamentística entre las dos grandes superpotencias de la época: los Estados Unidos y la Unión Soviética. El espacio era visto como la última frontera a conquistar a fin de evitar el dominio del otro. Todos recordamos la Iniciativa de Defensa Estratégica de la era Reagan, cuyo guión fue escrito, entre otros, por escritores de ciencia ficción como Larry Niven o Jerry Pournelle.

En aquella época todo apuntaba a que el espacio sería colonizado en pocas décadas y se hablaba con naturalidad de estaciones orbitales, grandes centrales de paneles solares en el espacio que enviarían la energía mediante microondas a la Tierra, una base lunar permanente en la Luna, una expedición a Marte...

Pero todos esos proyectos han quedado en el limbo. Con el hundimiento del bloque de los países comunistas, Estados Unidos ha perdido interés en el espacio. Como mucho se ve como una futura (lejana) fuente de materias primas o como un lugar a donde trasladar los problemas que ahora tenemos, pero poco más. El espacio se ha comercializado. Los grandes negocios son ahora los satélites de comunicaciones en nuestra era globalizada.

Mas el espacio concebido románticamente como un nuevo oeste, como una nueva frontera a conquistar ha desaparecido de los planes estratégicos occidentales. Tampoco parece que los derroteros de Japón o de China, potencias espaciales emergentes vayan por ahí.

Precisamente, ésa ha sido otra de las prospecciones fallidas. El mundo futuro se veía como una especie de equilibrio más o menos precario entre americanos y soviéticos, entre el occidente capitalista y el oriente socialista. Pocos previeron la creación de una única hiperpotencia (Estados Unidos). De hecho, es más frecuente encontrar en la ciencia ficción de la época relatos o novelas sobre una hipotética victoria de los comunistas, muchas veces en plan distópico (como no podría ser de otra manera visto desde occidente). Recordemos la serie de televisión Amerika, que más lúgubre no podía ser.

Tampoco se previó el verdadero despegue de la economía china que en cosa de décadas podría superar a la norteamericana. Y eso que desde Napoléon se viene hablando de lo que sucederá cuando el dragón despierte. Pues me temo que hace días que ha despertado y que tiene un hambre voraz tras una larga hibernación.

Sí que se previó un mundo más abierto, más globalizado. Tal vez la rama de la ciencia ficción que más se ajusta al mundo que se perfila (e incluso al mundo actual) sea la cyberpunk, en especial la segunda ola de novelas y relatos de este subgénero.

Aunque no parece que las prótesis por doquier y las conexiones directas cerebro-ordenador estén a la vuelta de la esquina o parezcan muy atractivas, sí que es verdad que muchos elementos del cyberpunk están a la orden del día. Baste ver la cantidad de teléfonos móviles, PDAs y otros gadgets tecnológicos que nos rodean.

Precisamente, la presencia de estos aparatos, cada vez más multifuncionales, están haciendo converger en un único producto grabadoras de vídeo, cámaras fotográficas sencillas, teléfonos móviles y PDAs. Una de las consecuencias es la interactividad, pero otra, nada desdeñable es el fin de la intimidad. Uno difícilmente puede ir por ningún lado sin ser grabado por una cámara de una entidad bancaria, por un móvil o por algún otro dispositivo.

La extensión de los sistemas biométricos de reconocimiento (por huella dactilar, lectura retinal, voz) y la implantación de documentos de identificación electrónicos han acercado el futuro cyberpunk a las puertas de nuestra vida cotidiana más de lo que hace tan sólo una década podríamos haber imaginado.

Otra de los notables aciertos predictivos de la ciencia ficción ha sido la idiotización de la sociedad, formada en creciente número por analfabetos funcionales, más o menos felices con su vida, pendientes únicamente de sus juguetitos, ultraindividualizados, con familias atomizadas y relaciones interpersonales cada vez más etéreas (chats, Messenger, etc.).

Vivimos en mundos no muy alejados del 1984 de George Orwell, del ¿Un mundo feliz? de Aldous Huxley o de Este día perfecto de Ira Levin.

Por citar un par de obras que se acercaron bastante, la trilogía distópica de John Brunner (Todos sobre Zanzíbar, El rebaño ciego y Órbita inestable) o Tierra de David Brin.

Otro elemento bastante predicho en su día fue el de la superpoblación, en especial en los países del Tercer Mundo (¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!, de Harry Harrison, aunque aplicado a nuestras ciudades), los desastres ecológicos (me viene a la mente el terrible Cronopaisaje de Gregory Benford) o el abismo creciente entre ricos y pobres, muy bien tratado en algunas obras cyberpunk.

Uno de los factores que han fomentado enormemente esta estupidización colectiva han sido los medios de comunicación audiovisuales, léase la televisión, con una cultura simplona y homogeneizadora, que ha destruído y corrompido más culturas que algunas guerras devastadoras.

Algunos escritores, como Ray Bradbury han sido especialmente críticos con esta realidad. Por citar una de sus obras más conocidas, Fahrenheit 451, así como algunos de sus relatos. También se ha tratado magistralmente la influencia de la televisión en la sociedad en Incordie a Jack Barron de Norman Spinrad.

Para finalizar, tras la crisis del petróleo parecía que esta fuente de energía se volvería súbitamente escasa y que Occidente perecería en la inanición. Esto se refleja en algunas obras de Frederik Pohl como La trilogía del reverendo Hake o Mercaderes del espacio.

La verdad es que el petróleo ha dado sustos y provocado guerras, pero no nos ha conducido a un futuro como el descrito en muchos relatos. Parece que las energías alternativas están en alza, que la energía nuclear no ha muerto, que estamos iniciando la transición hacia una economía basada en el hidrógeno y que, en un futuro más o menos lejano, podremos echar mano de la fusión termonuclear.

Podría seguir con la lista, pero de momento lo dejo aquí.

2 Comments:

At 9:17 p. m., Anonymous Anónimo said...

Tierra, de David Brin, una magnífica obra cuyo final desinfla la obra. Pero no por esto es cierto que lo que muestra el libro como la importancia del ecologismo como salvaguarda de nuestras vidas y de los "polis" ancianos vigilantes con sus minicámara conectados a la red y sin olvidar sus foros

 
At 6:43 p. m., Blogger Miguel A. Gallardo en http://www.cita.es said...

Recomiendo ver http://www.cita.es/prospectiva

 

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