24 enero 2006

¿Escribió fantasía Tolkien?

La pregunta puede sonar rara, incluso a cachondeo, pero no es esa mi intención. La verdad es que encuentro substancialmente diferente la fantasía de Tolkien de la de la inmensa mayoría de autores posteriores. Así que, ¿realmente escribió Tolkien fantasía? O más acertadamente: si Tolkien escribió fantasía, ¿por qué sus imitadores no han conseguido nada que se le parezca? ¿Por qué sólo se parecen en los personajes pero no en el tratamiento ni en el verdadero fondo?

La primera cosa que podríamos argüir es que Tolkien era un personaje bastante singular. Era lingüista y además bastante culto. Dominaba muchos idiomas (algunos de ellos muertos), conocía excelentemente diversas mitologías, la historia y el folklore europeo y tenía un gran dominio de la lengua inglesa. Además, su círculo de amigos -los inklings- tenían gustos y aficiones similares. No se puede decir lo mismo de la mayor parte de imitadores que le han surgido a Tolkien desde la publicación de El Señor de los Anillos.

Otra cosa que salta bastante a la vista es que la historia de ESDLA, por ejemplo, sigue unas normas bastante rígidas, más cercanas a las de la ciencia ficción que no la liberalidad autoindulgente y repleta de deus ex machina propias de la fantasía posterior. Todo tiene su explicación y parece cuidadosamente planificado desde el principio. Las cosas no pasan porque sí o porque quede bien, sino de acuerdo a un plan preestablecido. Los personajes actúan consecuentemente con su carácter y posibilidades, no se tornan increíbles conforme avanza la trama.

Otro elemento diferenciador es la intencionalidad de la obra de Tolkien. Éste creía en el proceso de subcreación literaria. Es decir, que el autor no creaba realmente, pues la creación estaba solamente disponible para Dios, sino que subcreaba. Así, era capaz de componer obras que reflejaban o debían reflejar el eco divino. No en vano, hay mucho de la Biblia en el Silmarilion y en ESDLA, aunque aparezca más o menos camuflado, como nos han explicado bastantes analistas literarios que han desmenuzado la obra de Tolkien.

Así pues, existe una intencionalidad oculta: el autor trata de convencernos, muchas veces emocionalmente, de que su visión del mundo es más acertada que otra. Más que entretener, lo que quiere es adoctrinar, aunque su obra no puede considerarse un panegírico político-teológico ni mucho menos.

El mundo rural idílico que nos describe, la corrupción del mal y del poder, los valores tradicionales, la heroicidad del hombre y toda una serie de ideas más, están tras el texto esperando a salir a la menor oportunidad.

Tolkien incluyó también multitud de detalles autobiográficos en su obra. Tal vez uno de los más líricos sea la historia de Beren Erchamion y de Lúthien Tinuviel, con ecos de su propia historia de galanteo de la que finalmente sería su esposa. Nuevamente, parece querernos indicar que la fantasía pura no existe, que ésta debe tomar la realidad como base. No creo que quisiera construir un mundo poblado por elfos, enanos y dragones simplemente para entretener.

Existe también un cierto fatalismo grandioso en los personajes de Tolkien, que están condenados al fracaso y no son emperadores de todas las cosas, sino simples peones en un juego mayor. Sólo los designios divinos salvan la situación. El mal es demasiado fuerte como para ser vencido por la simple voluntad de los individuos. Las historias acaban siendo un simple reflejo de la competición entre Ilúvatar y Melkor en La música de los Ainur (Silmarilion).

Los personajes, lejos de ser héroes clásicos, tienen todos debilidades e imperfecciones, están cargados de dudas que los atormentan y no siempre actúan con decisión, cosa que la fantasía posterior no ha recogido demasiado. La cuestión es que si son imperfectos es porque siempre son contrapuestos a la perfección divina y ni los más poderosos son omnipotentes. Hasta los propios Valar pueden equivocarse.

Si bien inicialmente Tolkien quería construir una especie de corpus mitológico para las Islas Británicas, que lo habían perdido tras las distintas dominaciones a que estuvieron sometidas, posteriormente pareció mudar de idea y adoptar un enfoque más fantástico y teológico, aunque como corpus mitológico bebe de las más diversas fuentes histórico-mitológicas de Europa: la mitología nórdica, la centroeuropea, la griega, el ciclo artúrico e incluso se atisban elementos más difusos de otras culturas más meridionales y orientales, aunque el eco de fondo, sobre todo en El Silmarilion es claramente la Biblia.

El papel de las lenguas es central en la obra tolkeniana. El autor no sólo era lingüista, sino que llegó a inventar varias lenguas (lo que algunos han llamado el vicio secreto de Tolkien) y fueron éstas las que condujeron posteriormente a crear historias en que tuviesen cabida. Primero fue el verbo. Así, la palabra Earendil le inspira toda una historia dentro del ciclo de relatos de El Silmarilion.

En contraposición, El Hobbit, que es una especie de introducción a ESDLA existe menor profundidas y se acerca más a la fantasía que después se ha venido produciendo. Los ecos de la subcreación apenas resuenan y la historia parece simplemente un conjunto de aventuras destinadas a justificar el posterior protagonismo del Anillo.

Las posteriores sagas fantásticas han recogido el imaginario y el bestiario tolkenianos, pero no su esencia lingüística ni filosófica. Otro elemento diferencial de la fantasía post-tolkeniana es que parecen estar destinadas básicamente a un público adolescente o tardoadolescente, con personajes más o menos simplones que siguen caminos de crecimiento y descubrimiento o son pura evasión, carentes de un mensaje subyacente de una cierta potencia.

¿Hay excepciones? Supongo que las debe haber, aunque yo no las conozco. Existen obras que parecen contener también un cierto mensaje soterrado y una carga histórica detrás, como es el caso de La canción de hielo y fuego, aunque independientemente de lo entretenida y fascinante que pueda resultar, está muy lejos de la profundidad de Tolkien.

2 Comments:

At 1:21 p. m., Blogger Javier Esteban Gayo said...

Fantasía no sé (era un experto en cuentos de hadas, no hay más que ver El Hobbit), pero lo que es obvio es que Tolkien nunca quiso escribir fantasía épica tal y como se entendía en su época (el género de espada y brujería), ni como la entendieron sus imitadores posteriores.

Aparte de que su obra se fue "profundizando" a lo lago de los años(y esto es algo que se aprecia a simple vista en "El Señor de los Anillos": a pesar de ser un mismo libro, los primeros capítulos tienen un estilo muy diferente a los últimos), a lo largo de suvida, al tiempo que se iba gestando el Simarillion.

Y desde luego, el catolicismo en Tolkien no es algo secundario. Su obra no llega al nivel de proselitismo que tiene la Narnia su colega Lewis, pero sólo hay que leer sus cartas para darse cuenta de que fue un factor fundamental.

 
At 9:28 p. m., Blogger Nacho said...

Es imposible encontrar algo equiparable porque, a parte de lo que has escrito, estamos ante la obra de toda una vida. A Martin, la verdad, le va a ocupar (no sé) ¿15? años y antes y después a otra cosa mariposa. Por éste, y otros muchos motivos, a Tolkien no se le puede juzgar en el mismo lote que al resto de "productores" de fantasía, buenos o malos. Y también por eso sea irrepetible. Hoy en día no hay nadie que pueda abordar (a falta de leer Malazan, en la que algo de eso puede haber)

Dicho lo cual uno de los libros que más he disfrutado en mi vida es el "Silmarillion". Quizás porque, lejos de leerlo como una historia continuada, lo leí como una mitología sistematizada. Épica, melancólica, triste, lírica, bucólica, ingenua, arrebatadora,... De ahí que antes que considerarlo fantástico me tome las historias de la Tierra Media como pura mitología (católica). Y, la verdad, creo que ese es el calificativo que mejor se le ajusta.

 

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