21 noviembre 2005

Correlaciones: Mi coche es más chulo que el tuyo

¿Qué es lo que sucede cuando las ventas de coches se estancan? ¡Clarísimo: nos inundan con anuncios! Y es que todos queremos ese coche maravilloso que guiña el ojo, baila robot dance, te permite ligar o te deja con cara de besugo delante de una cucharilla que no se dobla ni queriendo mientras una voz de fondo proclama: "Conséntrrate, ¿qué quierres conseguirr?".

Claro, no es para menos. Las marcas de automóviles se gastan verdaderas fortunas en campañas publicitarias, en especial en la televisión. Pero no les critiquemos demasiado, que parece ser que lo hacen porque funciona. ¿De quién es la culpa sino del consumidor que babea ante esas pequeñas joyas del arte cinematográfico y sale disparado hacia su concesionario para comprarse un fantástico coche que atraerá a todas las rubias despampanantes de la zona por feo que se sea? Quien más, quien menos ha sufrido de acné alguna vez (menos los modelos que anuncian coches, claro).

Pero parece que el mejor y más sofisticado reclamo publicitario es algo del nivel intelectual del "mi coche es más largo que el tuyo". Y si no, basta con salir a la calle y ver esos maravillosos automóviles largos cual coche mortuorio que popularmente han sido bautizados como los "diez años" (porque se piden créditos de diez años para sufragarlos) o los "bifamiliares" (porque se los compran entre dos familias). Ante tanta sofisticación y tanto argumento filosófico, poco se puede hacer, salvo quitarse el sombrero y procurar que el viento no nos arranque la cabeza.

Ya nos previno de esta fiebre Harry Harrison en su relato "Velocidad de guepardo, rugido de león" (Speed of the Cheetah, Roar of the Lion) (1975) publicado recientemente en la antología 50 en 50. Medio siglo de relatos I, editada por Minotauro.

En el relato podemos ver el clásico comportamiento infantiloide del "elis, elis, yo tengo una piruleta y tú no la tienes" o el algo más sofisticado "la mía es más larga que la tuya" que tanto impera hoy día.

El divertido y sarcástico cuento de Harrison es perfectamente aplicable a los tiempos que corren, a pesar de que han pasado 30 años desde que fue escrito. Algunas cosas, nunca cambian.

Otro relato, contenido en la misma antología de Harrison, que viene a cuento es "El coche más fantástico del mundo" (The Greatest Car in the World) del 1966. En él, se nos habla de un coche de carreras maravilloso, construido artesanalmente, una verdadera joya de la automoción y de cómo algo tan auténtico puede vulgarizarse y desnaturalizarse con unos toquecillos por aquí y unos arreglillos por allá.

Es un relato que nos previene acerca de la supuesta autenticidad que tratan de vendernos. Todos hemos visto anunciado por la tele algún producto cuya compra nos volverá únicos y diferentes (en plural, para mayor recochineo) del resto del género humano y nos permitirá destacar por encima de todos cual faro en una costa. El problema se plantea cuando hay tantos faros que el pobre barco no sabe a qué atenerse y acaba embarrancando, pues si algo carece de sentido, es un producto de venta masiva que ofrece originalidad y distinción.

La publicidad es un mundo fascinante. Algunos autores de ciencia ficción lo han retratado con notable crudeza. Tal es el caso de Frederik Pohl en uno de sus más conocidos relatos: "El túnel por debajo del mundo" (The Tunnel Under the World, 1955) contenido en Corrientes alternas, Ed. Magisterio.

Está escrito en clave alegórica y nos muestra hasta qué punto podemos llegar a ser considerados como conejillos de indias (o target-market, o sea, mercado-objetivo por utilizar el término exacto) por los técnicos de marketing publicitario. ¿Por qué tantos términos del mundo publicitario sonarán a argot militar? Véase estrategia, campaña, objetivos, segmentación (divide y vencerás)... Ni si quiera somos usuarios o consumidores: somos una masa amorfa denominada "mercado" que nos caracterizamos por poseer o carecer de unos determinados atributos (nivel adquisitivo, edad, raza, radicación geográfica, ideología política, etc).

Otra obra de Pohl, escrita conjuntamente con Cyril Kornbluth: Mercaderes del espacio (The Space Merchants, 1952) editada por Minotauro es una de las sátiras más demoledoras de la sociedad consumista que se haya escrito jamás. Aunque no por ser terriblemente divertida, deja de ser tremenda. De hecho, creo que la crítica entra igual de bien por la risa que mediante el llanto o la angustia de las distopías usuales.

En Mercaderes del espacio vivimos en un mundo en que los coches van a pedales porque se ha acabado el petróleo, la publicidad lo impregna todo hasta extremos surrealistas y el "tanto tienes, tanto vales" es la única ley que gobierna el mundo. También merece la pena su continuación: La guerra de los mercaderes escrita en solitario por Frederik Pohl, en donde se nos ofrecen algunos delirantes detalles (véase la campbellización límbica, remedo moderno de los experimentos de Pavlov con los perros).

En fin, que la publicidad es tremenda...mente efectiva, pues nos envuelve como el aire que respiramos. Y si no lo creéis, mirad a vuestro alrededor y escuchad horrorizados cómo tararean vuestros compañeros la enésima melodía comercial del anuncio de moda. Lo dicho: campbellización límbica...

1 Comments:

At 9:24 a. m., Blogger Cities: Moving said...

Me apunto el libro de Harry Harrison, gracias por la pista. Aunque en absoluto son encuadrables en la ciencia-ficción, para críticas demoledoras del mundo de la publicidad nada mejor que 13,99€ de Beigbeder. Y para críticas hasta el absurdo de la sociedad de consumo el gran Houellebecq.

 

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