24 agosto 2009

Reminiscencias

La ciencia ficción ha explotado ocasionalmente el filón de la historia cíclica. Según esta teoría platónica, la historia siempre se repite siguiendo una serie de patrones más o menos fijos. Platón se refería esencialmente a la forma del estado: empezaba con una tiranía que evolucionaba hacia una plutocracia, después a una democracia y ésta degeneraba en demagogia para volver a caer en la tiranía.

Estas ideas, originadas primigeniamente en Oriente, afectaron a la filosofía occidental fuertemente, especialmente después de que las hicieran suyas personajes del calibre de Maquiavelo o historiadores como Gibbon o Toynbee.

Hay, a mi modo de ver, dos cosas que hacen especialmente atractiva la idea de la historia cíclica. En primer lugar, que hacen de la historia algo parcialmente predecible; y en segundo lugar, que la dotan de una especie de misticismo de la resonancia: es posible que lo que hoy vivimos haya sido ya experimentado con anterioridad y ello nos liga con el pasado (y con el futuro) de una manera extraña y especial.

Algunas obras de ciencia ficción, insinúan este ciclismo histórico, como Los gigantes de caliza, de Keith Roberts o, de una manera clara y categórica, Cántico por Leibowitz de Walter M. Miller, con la Iglesia católica en el epicentro de la acción y como núcleo generador.

En cierta manera, la idea surge de modo natural de las distopías catastrofistas: un mundo muy evolucionado que llega a tal nivel tecnológico que acaba autodestruyéndose. Es la vieja idea del mito de la Atlántida. De sus cenizas, renace una nueva civilización, primero muy tosca, pero que poco a poco va avanzando hacia las supremas cotas de la técnica.

Algo de esto tiene el remake Battlestar Galactica: "Todo esto ya ha pasado muchas veces y volverá a suceder". Y me callo el final de la serie para no estropearles la intriga a quienes aún no lo hayan visto.

También es cierto que la visión cíclica de la historia se ha visto superada por dos ideas muy potentes de finales del siglo XX: la teoría del caos, que vuelve la repetibilidad de la historia como algo prácticamente imposible y la teoría de la singularidad tecnológica, que mediante un acto de (buena) fe supone que cuando se llega a ciertos niveles, la civilización en cuestión no se autodestruye, sino que se hiperacelera y alcanza la trascendencia.

Un poco en la línea de novelas como El fin de la infancia o La ciudad y las estrellas de Arthur C. Clarke o según las tesis de Vernor Vinge.

Naturalmente, la historia no deja de ser caótica. Ello quiere decir que tiene componentes predecibles y componente impredecibles; que hay cosas que parecen repetirse, pero no exactamente de la misma manera para diverger luego de manera espectacular. Como otras tantas y tantas cosas.

3 Comments:

At 3:11 p. m., Blogger Eloi Puig said...

Otro ejemplo sería "Anochecer" de Asimov & Silverberg... donde la civilización renace de cero cada 2000 años...

 
At 5:39 p. m., Blogger Yarhel (Enric Quílez) said...

Vaya, con lo que me gusta... ¡cómo se me ha podido pasar!

 
At 11:48 p. m., Blogger francissco said...

Por completo -y hasta donde me llega la culturilla- en el carácter caótico e impredecible de la Historia, con tod lo de las singularides y tal.
El propio Asimov, que mencionabas, así parecía entenderlo en El fin de la eternidad, con todas las consecuencias que parecían acarrear las pequeñas modificaciones.

 

Publicar un comentario en la entrada

<< Home